domingo, 12 de julio de 2015

12/07/15.

Recuerdo que en la escuela primaria y luego en la secundaria, mis amigos no podían entender cómo se podía ser hincha de un club que “no salía campeón”, yo me reía y les preguntaba que qué iban a hacer ellos cuando sus equipos no salgan campeónes, y agregaba que uno ama a un club no por los títulos o copas que pueda tener, pero claro ellos no entendían y continuaban con sus burlas y cargadas.
Recuerdo un invierno bastante frío en Chaco, yo usaba un buzo que tenía un escudo gigante en el pecho (buzo que tiene su historia y quizás más adelante la cuente), los partidos solo los podías ver si pagabas el codificado, entonces con mi viejo lo vivíamos por la radio.
Sí me pongo a pensar en esa tarde gris el primer sentimiento que llega al recordar el gol del “Gallego”, son ganas de llorar.
Con los años San Lorenzo continuó dándome alegrías que no tenían, ni tienen que ver con un título o una copa. Trajo maravillosas personas a mi vida, una de ellas me regaló un libro con todos los cuentos de Osvaldo Soriano, y en esas páginas comprendí que aquella tarde gris de Rosario no sólo a mí me produjo, y produce al recordar, lágrimas en los ojos.
A 20 años de aquel campeonato, acá esta el fragmento de “Arístides Reynoso”, de Osvaldo Soriano.
“Recordé su andar cansino durante un partido, en el instante en que el Gallego González, con 33 años a cuestas, metió sobre el final el gol del triunfo de San Lorenzo. Unas horas antes había perdido a su padre. Lenta, dolorosamente, lo venía perdiendo desde hacía dos años y su madre pasaba casi todo el día en el hospital. A lo largo de su vida dentro del área, el Gallego llevaba marcados ciento cinco goles en no sé cuántos clubes y ahora, a esta edad, esperaba una nueva oportunidad en el banco de suplentes. Veira lo llamó para que entrara en los últimos veinte minutos y allí fue el Gallego, sin haber dormido, recién venido del velorio, a ponerle la cabeza al primer centro decente que le tiraron.
Así son las novelas del fútbol: risas y llantos, penas y sobresaltos. González corrió con los brazos en alto a saludar la memoria de su padre. Llevaba lágrimas en los ojos y sus compañeros lloraban con él. De esa pasta están hechos los goleadores. Fantasmas que salen de ninguna parte.”

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