viernes, 17 de octubre de 2014

Era.

Era el día, la hora indicada. Era la ciudad por la que hacía ya algún tiempo el transitaba. 
Quizás ingenuamente había imaginado que los Dioses confabularon para que algo bueno le suceda. Los imaginó allá arriba todos reunidos, acomodando pieza por pieza para que finalmente la chica que tanto deseaba acepte su invitación.
Un encuentro, tomar un café, quizás dirigirse al cine, esos ya eran planes secundarios, lo importante para él era que ella, luego de su invitación número quinientos, quizás quinientos uno, había aceptado salir. 
Cuántos días, cuántas tardes y noches la había buscado, cuántas veces parecía tan cerca su bella musa, y sin embargo se le escapaba entre sus dedos, la veía irse como arrastrada por una corriente no muy fuerte pero si constante que los separaba. Pero aquello ya no importaba, ya había quedado atrás, ella estaba ahí, a unas cuadras de distancia. 
Como dijimos, era el día, la hora indicada de ese fin de la tarde, era él caminando confiado, con sus mejores vestimentas, si hasta el clima era agradable, ni muy frío, ni muy cálido, la lluvia que cayó toda la noche había cesado, y él se dirigía a buscarla, cantado, no en su interior como solía hacerlo constantemente, murmuraba canciones y los transeúntes lo miraban al pasar a su lado. 
Su felicidad era tal que lograban paliar los nervios que una primera cita puede traer, hasta que aquella baldosa floja se interpuso ante su pie izquierdo, hasta que aquellas gotas de la lluvia que había caído saltaron manchando su pantalón. No fueron una, dos, tres, fueron varias, quizás todas las que aguardaban bajo esa baldosa. “Tenía que pasar”, dijo encogiéndose de hombros, apretando el timbre del departamento de su Penélope.