martes, 15 de abril de 2014

Sudestada.

Lo había escuchado en el último viaje, es un fenómeno que suele darse sobre el final de la tarde, “Sopla la sudestada y desaparece la playa.”, contó una de las amigas que conoció.
En esa semana recorrió la ciudad, habló con personas desconocidas hasta ese momento, escuchó historias y recomendaciones de lo que podía ver, y también salió a caminar solo.
Dio vueltas por la plaza central, vio algunas esculturas, plazoletas, y por supuesto la playa.
Salir a caminar por una ciudad nueva, llevando el bolso con un cuaderno y un libro, es una actividad que le agrada.
En una de las últimas tardes en que el sol poco a poco comenzaba a bajar, dejo el bolso bajo un árbol y fue al agua, entonces pudo ver a la sudestada que hacía desaparecer a la playa.
El viento agitaba las aguas que a su vez avanzaban sobre la arena, cubriéndola. Presente en ese lugar, como en todos los que había visto, como en todas las personas que había conocido -porque él está convencido que uno esta formado de las personas y lugares que conoce, como a su vez algunas personas y lugares están formadas con algo de él-, vio a las ramitas agrupadas, como reunidas una junto a la otra, flotando.
Se sumergió y permaneciendo unos minutos bajo el agua.
Sentía como las olas lo movían, y al salir se encontró en otro lugar, mas alejado de donde se había sumergido. Nado hasta las ramitas, pero ellas ya estaban dispersas, lejos una de la otra, entonces se dio vuelta y se dirigió hacia las boyas, hasta el lugar en el que con sus pies le costaba tocar el fondo, fue cuando lo dijo, -luego lo escribió-: “Hay momentos en que la vida nos junta, nos amontona como ramitas, pero la vida también tiene su sudestada que sopla, y aunque nos aleje, esos vientos en algún momento se calman, solo hay que mantenerse a flote ramitas, quizás mañana nos volvamos a ver.”

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