viernes, 22 de noviembre de 2013

Vi a Nietzsche.

Salir a caminar, a veces a trotar, son actividades que disfruto, con ellas no solo mi cuerpo viaja, también mi mente se aleja, y a veces -la mayoría de las veces- cuerpo y mente toman rutas distintas lo que me trae mas de un reproche de alguna amiga o amigo que luego me dice: te salude el otro día y seguiste de largo. Pero esa es otra historia, lo que iba a contar es que el otro día caminando, vi a Nietzsche.
Fue en una plaza, y pensé que el encuentro tenía que ver con mis lecturas frecuentes, que quizás haber leído varias veces “El otro cielo” de Cortázar me había llevado a viajar en el tiempo, a otra ciudad, a otro país, o tal vez que estaba buscando algún nuevo poema como los que encontré en la antología “Poemas con famosos”. Pero inmediatamente deje de lado esas teorías, y simplemente me hice a la idea de que Friedrich estaba acá, en Chaco.
Él, al igual que Zaratustra, se puso a hablar a las personas que se encontraban ahí. Fui acercándome para escucharlo, y lo que dijo fue esto:
 “Pueblos y rebaños todavía existen en alguna parte. Entre nosotros, hermanos míos, únicamente existen estados. ¿Qué es estado? ¡Atención! ¡Abrid los oídos! Voy a hablaros de la muerte de los pueblos. De todos los monstruos fríos, el más frío es el estado. Miente fríamente y he aquí la mentira que sale arrastrándose de su boca: “Yo, el estado, soy el pueblo”, ¡Mentira! (...) Destructores son los hombres que arman trampas a las multitudes, llamando a esto un estado y suspendiendo por encima de ellos una espada y cien apetitos. (…) Os doy esta señal: cada pueblo tiene su propio lenguaje del bien y del mal; su vecino no lo comprende; se ha inventado este lenguaje para sus costumbres y sus leyes. Pero el estado miente en todas sus lenguas del bien y del mal; todo lo que dice es mentira, y todo lo que tiene es robado. Todo en él es falso; muerde con dientes robados, es insociable y reñidor. (…) El estado en todas partes es el lugar donde todos absorben los venenos: los buenos y los malos; donde todos, buenos y malos, se pierden; donde al lento suicidio se le llama “la vida”. ¡Mirad a los superfluos! ¡Roban las obras de los inventores y los tesoros de los sabios;  llaman civilización a su robo y todos se les convierte en enfermedad y desvarío! (…) ¡Mirad a los superfluos! Adquieren riquezas y se hacen con ello  más pobres. ¡Quieren el poder estos impotentes! Y sobre todo la palanca del poder: mucho dinero. ¡Mirad cómo trepan estos ágiles monos! Trepan los unos sobre los otros y se empujan hacía el fango y el abismo. Todos quieren acercarse al trono: es su locura; ¡cómo si la felicidad estuviera sobre el trono! A menudo, el fango está sobre el trono y -a menudo también- el trono esta sobre el fango. Aparecen ante mí como locos, como monos trepadores e impetuosos. Su ídolo, este frío monstruo, huele mal; todos estos idólatras huelen mal. Hermanos míos: ¿queréis, pues, ahogaros con la exhalación de sus fauces y de sus apetitos? ¡Antes bien, romped los vidrios y saltad afuera! ¡Evitad el hedor! ¡Alejaos de la idolatría de los superfluos! ¡Evitad el hedor! ¡Alejaos de la humareda de estos sacrificios humanos! Todavía las grandes almas hallarán ante ellas la existencia libre. Quedan muchos lugares para los que viven solitarios o emparejados. Lugares donde se respira el perfume de los mares silenciosos. Una ruta libre está siempre abierta para las grandes almas. Quien posee poco, en verdad, tanto menos es poseído. ¡Bendita sea la pequeña pobreza! Allí donde termina el estado, allí únicamente comienza el hombre que no es superfluo.”
La mayoría de las personas se fueron cuando iba por  la mitad de su discurso. Me acerque un poco más y le dije que aunque él hablaba de una sociedad de años, muchos años atrás, esas palabras se ajustaban al tiempo en el que vivíamos. Sonrió con tristeza, aunque no puedo asegurar que haya sido una sonrisa, su bigote no me permitió descifrar el gesto que hizo, luego dio media vuelta y se fue, ya cuando se alejaba lo escuche decir que regresaría a las alturas, que en las montañas estaba mejor.  


* El fragmento entre comillas pertenece al capítulo: “Del nuevo ídolo”, del libro “Así hablaba Zaratustra”, de Friedrich Nietzsche.

viernes, 1 de noviembre de 2013

Caminando.

Sacamos algo de allá,
de muy adentro,
de esos lugares a los que pocos llegan.
Buscamos en noches y días compartidos.
Buscamos en nuestro ser,
en nuestros seres.
Encontramos algo que teníamos 
guardado y lo sacamos.
Lo dejamos en un costado de este camino,
nos miramos,
lo hacemos a los dos.
Yo te miro a vos y también a mí.
Vos me miras a mí, y también a vos.
Luego de algunos minutos
comprendemos que dejar algo
a un costado del camino

es necesario para seguir caminando.