viernes, 10 de agosto de 2012

Apocalipsis según Juan.


Salieron del departamento, ella primero él detrás. La mañana tenía el silencio de los domingos a las ocho y media o nueve, ese silencio de las mañanas en las que nadie aún se despierta y los que si no se levantan de la cama, horario en que pocas personas caminan por las veredas y los autos aún no circula por las calles, el viento de otoño era agradable y el sol que se levantaba por los edificios cubría a la ciudad de un naranja claro.
Permanecieron en la vereda uno frente al otro inmóviles hasta que Juan escuchó el primer estruendo. Al girar se encontró con los dos primeros caballos, el blanco y el rojo, montados por sus delgados jinetes llegaban del fondo de la calle con su andar rápido y seguro, el galope rompía con el silencio de la mañana y desataba el caos. Sorprendido volvió la vista hacía Nora y a pesar de que ambos se encontraban desconcertados, ambos también sabían lo que se avecinaba, era el fin del mundo, o el fin de un mundo, pero lo cierto era que un fin se avecinaba. 
Con ruidos mucho más fuertes, el tercer caballo, el negro, atravesó los edificios del frente, los espeluznantes gritos de su jinete terminaban de sellar los labios de Juan, de quitarle las palabras que quería y había pensado en decir. Angustiado, con el corazón acelerado buscaba calma en su interior, aunque era inútil, el final era inevitable y sabía que ya no podría recuperar el paraíso que estaba por perder.
Nora, que también sabía lo que se avecinaba, que incluso lo supo antes que Juan, buscó sus ojos.
De pie, frente a frente, en una ciudad que con su silencio los aturdía, permanecieron inmóviles sin decir una palabra, quizás porque lo dicho en la noche había sido suficiente, quizás porque los ensordecedores gritos que traían los jinetes no les permitían concentración. Nora mantuvo su vista en los ojos de Juan y él en esa mirada se encontró con el último corcel, el bayo, y a su delgado jinete que al pasar delante agitó su látigo lacerando su corazón, dándole el golpe final, un golpe certero que terminaba por desatar su apocalipsis.
Envueltos en llamas, sin decir una palabra se despidieron en la mañana del domingo que continuaba siendo tan callada como lo es siempre en esta ciudad a las ocho y media o nueve, cuando nadie aún se levanta, y el viento del otoño agradable acariciaba sus cuerpos y el sol los cubría de un naranja claro.