lunes, 5 de marzo de 2012

El fondo de la calle.

Le ocurre siempre que viaja, se despierta, ve la hora en el reloj del micro y el cansancio lo vencen, los ojos se le cierran, ve 21:15, y se duerme, al abrir los ojos ya son las 23:45. Su mente lo abandona, parte lejos del asiento 22 del micro.
Vuelve a dormirse hasta que escucha una voz, o sueña escucharla, abre los ojos y con la frente apoyada en la ventanilla lo primero que ve es la terminal, aunque para él que está acostumbrado a grandes terminales como la de Retiro o Córdoba, esa no es una terminal, apenas es un edificio oscuro con luces amarillentas en el que solo hay lugar para cuatro micros, en un costado ve puestos que venden revistas y un pequeño bar que se encuentra cerrado.
Las piernas le duelen por las horas que lleva viajando, piensa que se encuentra en Salta, aunque no está seguro, baja y pregunta dónde se encuentran y el chofer confirma que están en Salta, que van a demorar el tiempo suficiente para fumar un cigarrillo ya que deben cargar varias cajas en esa terminal.
Se aleja del micro encendiendo un cigarrillo, camina por la terminal y sus alrededores, no hay mucho para ver aunque no sabe exactamente qué espera encontrar o ver, ese sentimiento lo acompaña hace ya bastante tiempo, es el que lo impulsan a viajar por el país, a subirse a cualquier micro que lo lleve lejos de su ciudad. Siempre que en el trabajo piden un encargado para un viaje es el primero en ofrecerse y eso trae alivio a sus compañeros ya que nadie quiere hacerlo.
Fumando llega hasta la esquina, a su espalda escucha el ruido del motor del micro y la poca luz que dan los pocos faroles de la terminal no le permiten ver más que unos 20 metros hacía el fondo de la calle, parado entre el negro de la noche y el azul del cielo nublado recordó algo que había sentido en un viaje anterior, y de repente escuchó -o creyó escuchar- una voz. No era la primera vez que la escuchaba lo que lo llevaron a pensar en que se estaba volviendo loco ya que en esa calle se encontraba completamente solo, o eso le parecía ya que no veía a nadie a su alrededor, “quizás la voz no vino de la calle y sí de otro lugar” pensó y comenzó a reírse confirmando que se estaba volviendo loco.
El cigarrillo se consumía, los minutos pasaban y él meditaba pensando en la voz que había escuchado y la pérdida de razón, hasta que el chofer con un silbido lo llamó. Regresó al micro, al asiento 22 para continuar su viaje durmiendo por momentos, despertándose otras veces, y en esos instantes en que permanecía entre la vigilia y el sueño escuchó -o creyó escuchar- nuevamente aquella voz, al abrir los ojos con la frente pegada en la ventanilla del micro vio el negro de la noche y el azul del cielo, respondió moviendo la cabeza a la voz, y continuó su viaje, su cuerpo yendo hacía el norte, y su mente hacía otros lugares.