lunes, 26 de diciembre de 2011

Sobrevive.

No se puede describir la luz sin verla,
“…y aunque no sepas como es,
cuando la ves la reconoces.”

Jamás dejes de hacer algo si es lo que buscas,
jamás hagas algo que te impongan.
No se puede escribir de la luz sin haberla visto.

Un extremo lejano del pasado,
entre un presente agradable,
y las vibraciones propias del camino.

Del entorno todo llega,
las caricias y los golpes,
los inviernos confortables y abrigados,
los veranos eternos de estos lugares.

No se puede escribir sin un mágico motivo,
¿por qué hacerlo?

Lejanos y cercanos caminos confundiéndose,
cruzándose y siempre aparece aquello.
Casualidad, destino o como se llame,
siempre portándose así de extraño,
de irónico y único.

No se puede conseguir en cualquier lugar,
obviamente no se puede comprar,
luz que a veces brilla,
que de vez en cuando se deja ver,
mágica luz que invita a escribir.

No hagas en el camino lo que te imponen, ¿con qué objeto?
No esperes en el camino de los injustos, no tienen nada que dar.
No te alejes de tus amigos, de la música o de lo que sea te haga bien,
en el trayecto los vas a necesitar.

Desde algún lugar la luz brilla,
los amigos y la música siempre están y el camino se extiende,
amplio por momentos, estrecho otras veces
pero siempre extendiéndose.

Hoy el corazón sobrevive, combate con o sin luz
y eso es suficiente para seguir.

viernes, 9 de diciembre de 2011

De Circe y las Sirenas.

“Y Circe contó sobre las Sirenas, y Ulises supo en ese momento que valía la pena escuchar su canto, aunque también supo que debía tener cuidado, y así ocurre hoy en día.”, escribió sentado en el piso de la terminal, recostado contra la pared y con las piernas flexionadas en donde apoyaba el pequeño cuaderno. El sol era muy fuerte, cegador como lo es en todo el norte, los micros ingresaban y salían de la terminal, se escuchaba el ruido de sus motores, el aire que largaban sus frenos y constantemente una voz inentendible anunciaba algo por los parlantes, las montañas y cerros habían quedado atrás, aunque no era del todo así, algo viajaba con él.
El micro que esperaba se había retrasado porque los micros siempre se retrasan, miró hacia la derecha y vio a un matrimonio intentando que sus hijos de siete y cinco años se queden quietos, lo que naturalmente era imposible, luego miró hacia la izquierda y vio a otro matrimonio, eran dos ancianos que solo esperaban, no tenían hijos que cuidar y en ese momento ni siquiera se hablaban. Bajó la vista, en el cuaderno lo último que quedo registrado fueron Circe, Ulises y las Sirenas, y comenzó a pensar en las ironías que una vez más mostraba Homero en “La Odisea”, como lo había hecho en “La Ilíada”, Circe que envenena y seduce a los hombres advierte sobre el peligro del canto de las Sirenas, levantó la vista y comenzó a pensar en las montañas, definitivamente algo de aquel paisaje iba con él, definitivamente todos llegamos para aprender algo y partir, y en ese momento un poco cóndor un poco montaña volvía a partir, una vez más se encontraba en una terminal, entre micros y personas que llegaban o se iban. Como siempre le ocurría cuando viajaba, regresaban recuerdos de años pasados, de terminales pasadas, agradables y dulces recuerdos que tenían algo de amargo, aunque con el paso del tiempo ese sabor amargo se había transformado en una sonrisa y un suspiro.
“Dejamos y llevamos algo, a cada momento, en todos los lugares”, escribió en el pequeño cuaderno, lo dobló y lo guardó en uno de los bolsillos laterales de su bermuda, se puso de pie, cargó la mochila, el bolso y fue a comprar algo de comer.
Almorzó un sándwich de milanesa pero no lo hizo en el bar, salió con su plato de cartón y almorzó en uno de los canteros laterales de la terminal. El sol seguía siendo fuerte y cegador, los micros continuaban llegando y partiendo, a lo lejos vio las montañas y cerros, volvió a pensar en Circe y en las Sirenas, también en lo que quiso contar sobre el viaje pero en su pequeño cuaderno no había más que frases sueltas del último libro que había leído y del otro que había comenzado a leer y aún no terminaba.
Al terminar de almorzar en un tacho de basura tiró el plato de cartón, regresó a sentarse en el piso, a recostarse contra la pared y mientras esperaba su micro, sacó el pequeño cuaderno y escribió “Llegamos para aprender algo y partir. Todo el tiempo partimos”.