lunes, 28 de noviembre de 2011

Un cóndor.

Comenzó el viaje pensando en uno de los últimos libros que había leído: “Dice Aquiles en La Ilíada que todas las heridas que reciba serán en el pecho por avanzar siempre de frente, qué es la única forma en la que vale la pena vivir. Por la espalda solo te pueden lastimar a traición, o si huís.”, y esas palabras que no eran textuales ya que Homero no las dijo así, él se las contó a cactus, rocas y algunos pocos animales que lo rodeaban.
Subía y hablaba.
Algo había despertado tiempo atrás, no sabía por qué, en ese momento no tenía cómo saberlo, y aunque hubiese podido hacerlo, simplemente no le interesaba saber sobre aquello que gobernaba en su interior. Era así, algo en él había despertado, y con eso le bastaba.
El viento empujó las nubes hacia los cerros, hasta hacerlas chocar con ellos y quedar enganchadas en las cumbres, el sol que había sido cubierto por esas nubes apareció con toda su luz, y le gustó sentirlo sobre su piel, cerró los ojos y junto al calor del sol sintió en su cuerpo la brisa fresca.
“No hay una libertad, son varias, son infinitas, y cada ser tiene la suya que debe buscar”, volvió a decir a cactus, rocas y animales que eran los únicos que lo acompañaban. Siguió caminando hacia arriba, quería llegar antes de que oscurezca para poder armar la carpa y luego ver el pequeño pueblo desde las alturas.
No recordaba cuando había llegada aquella libertad que sentía en su corazón, sabía que estaba en él hacía bastante, desde que tenía memoria, pero nunca antes esa libertad había podido hablar y actuar como lo hacía en ese momento.
Colgaban de su cuello el bolso, la cámara de fotos y en la espalda la mochila que aunque grande no era pesada ya que en ella solo llevaba la carpa, el ruido de las piedras del camino que aplastaban sus zapatillas era de los pocos sonidos que lo acompañaban, junto con el canto de algún pájaro que pasaba a su lado y el viento que silbaba. En la mano llevaba el pequeño cuaderno en el que escribía, escribir para él era otra forma de libertad, tan necesaria como la que gobernaba en su interior.
Una nueva sombra cruzó sobre él, mucho más grande que las anteriores, fue el primer cóndor que vio y su vuelo lo dejó paralizado, hacía meses que pensaba en la libertad y ahí aparecía esa ave para mostrarle lo que era ser libre, libre como solo los animales pueden serlo, sonrió e intentó fotografiarlo pero fue inútil, el zoom de su cámara y la distancia que los separaba solo logró que en la imagen aparezca un punto negro entre tanto celeste. Luego de permanecer unos minutos observándolo continuó subiendo y finalmente llegó a la cima cuando ya quedaba muy poco del sol y su luz.
Vio el pequeño pueblo a lo lejos, las hileras e hileras de cactus, y los demás cerros que lo rodeaban. No pudo armar la carpa antes que oscurezca como lo había pensado, la belleza del paisaje fue más fuerte y permaneció varios minutos girando sobre sí para intentar guardar en recuerdos lo que sus ojos veían.
La luna, que fue visible en todo el día, se hizo mucho más fuerte sin el sol, también fue más fuerte el viento y tuvo que ponerse un buzo para armar la carpa, y aunque se refugió en ella no durmió, cómo iba a hacerlo si el paisaje que lo envolvía lo llamaba a cada instante para dejarle ver o escuchar algo nuevo.
No durmió esa noche, tampoco lo había hecho la noche anterior y comenzó a escarbar en su bolso hasta encontrar el libro de cuentos de Conti que había llevado, aunque tampoco la lectura logró que aleje sus ojos de su entorno, y gran parte de esa noche se la paso sobre una piedra viendo la inmensidad del cielo azul cubierto de estrellas, iluminado por una inmensa luna blanca.
Recordaba las historias que los habitantes del pueblo habían contado cuando llegó: “Todos somos piedra, viento o Cóndor, solo llegamos con una forma para aprender algo nuevo, guardar lo aprendido y partir para regresar con otra forma. Si hoy sos hombre, mañana vas a volver como arbusto, lluvia o viento.”, y sacó su pequeño cuaderno en el que constantemente escribía e intentó escribir sobre lo vivido en ese día, quiso contar sobre su viaje, y comenzó a escribir sobre “La Ilíada” que fue el último libro que había leído.

6 comentarios:

  1. El norte te come los ojos negros de llorar...

    Espíritu del norte por acá.

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  2. Cada ser tiene su libertad .. muy cierto .. solo que hay que saber encontrarla .. no solo buscarla .. hay que encontrarla y disfrutarla

    Hace mucho no te escribo por acá .. a veces no me deja enviarlo y a veces simplemente te leo .. tus escritos son una linda compañía veremos hoy si me deja!!

    Futuro cercano locura .. ya te imagino disfrutando de esos aires

    Beso!! Nati

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  3. Esperemos che, aún falta, pero vos ya viajaste la semana pasada, ¿qué me trajiste? jaja.

    Un beso Nati, gracias por pasar siempre.

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  4. ¿Cómo iba a dormir en ese paisaje donde la naturaleza vibra a cada instante, recordándonos a dónde pertenecemos? Naturaleza, claro... ¡ahora me doy cuenta sobre el significado que guarda esa palabra en su etimología! ¡si esa es nuestra verdadera naturaleza, nuestros orígenes! Si al fin y al cabo estamos hechos de energía en diferentes frecuencias, pero de energía en sí, que en apariencia se registra como materia. Quizás también ese cóndor no se dejó fotografiar para que se lo captase con otra lente, la de aquellos que logran ver más allá de las envolturas de la materia, la de aquellos que sienten... ¡y se nota cómo lo sintió el protagonista del relato!
    Es un hermoso texto. Me gustó mucho la reflexión final, los egipcios y otros pueblos de la antigüedad también creían que la vida se trata de aprendizaje y que la muerte no marca sino un polo de ésta, para que comience un nuevo estadío de la vida. Me resulta muy reconfortante que aun se recuerde.
    En cuanto a la muestra, dale cuando puedas enviame por mail los textos. El correo es: clarisa88@hotmail.com

    Un beso.

    PD: Intento seguirte, pero no sé qué es lo que pasa, no termina de procesarse la solicitud.

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  5. Muchas gracias Claris, ya te envió el libro.

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