jueves, 27 de enero de 2011

Las lanzas.

Ayer nos vimos y como lo hacemos después de lo que paso nos saludamos a dos o tres metros de distancia, nos dijimos “hola” solo moviendo los labios y aunque ambos hayamos querido acercarnos más no lo hicimos. Ayer cuando vi que me viste pude ver tus ojos, que brillaron cuando me vieron. Nos miramos, nos sonreímos y una vez más sentí el inmenso deseo de abrazarte y preguntarte “¿cómo estás?” o contarte que aunque me lo prohíbo pienso en voz constantemente y es que me resulta imposible no hacerlo y cuando me doy cuenta estás metida en mi recuerdo. Generalmente ocurre de noche, venís y te quedas con migo, pero en realidad no estas y es por eso que hace tiempo te tengo prohíba para mis pensamientos.
Ayer cuando te vi quise contarte tanto, pero no hice nada como tampoco hiciste nada vos. Ninguno se detuvo y dijimos “chau” de la misma forma en que dijimos “hola”.
Ayer cuando pensé que solo iba a caminar y mirar vidrieras te encontré. Yo me quejaba porque no encuentro al caminar y mirar vidrieras divertido y Virginia parece que me lo hacía a propósito y se frenaba frente a cada negocio en el que veía algo que le gustaba, si hasta quiso entrar a preguntar el precio de un producto que tenía puesto el precio. No creo en el destino, mucho menos en la suerte o la casualidad, la razón de que nos hayamos visto ayer se la atribuyo al vivir en una ciudad pequeña en la que solo hay que salir a caminar para encontrarse con un rostro conocido.
Habrán sido las seis de la tarde, Andrea llego, se quedo con Virginia y juntas siguieron por la ciudad, me despedí de ambas prometiéndoles que algún día incluiría en algún cuento su manía de caminar por el centro viendo vidrieras, las vi reírse mientras se iban y así fue que una vez mas me encontraba solo caminando entre la gente, una vez mas el silencio se acercó a mí, se acercó junto con el recuerdo de lo que había pasado un año atrás. Quizás el clima y como dije la imposibilidad tan obvia de olvidarte contribuyeron al recuerdo.

“Porque lo hiciste” preguntaste y no te entendí, es que esas palabras eran mías, yo quería saber porque lo hiciste, pero entonces fuiste vos la que no entendió.

Ahora todo sigue tan confuso como aquella vez y cuando nos encontramos en la ciudad nos sonreímos y llenos de melancolía nos damos cuenta que aunque queramos no podemos acercarnos, nos saludamos a dos o tres metros de distancia y cada uno sigue caminando sin detenerse.
Un año ya de la última vez que estuvimos juntos y me parece que hace siglos no estoy a tu lado. Un año ya de aquella tarde en la que, ni vos ni yo entendimos lo que pasaba.
El día de los reproches fue en realidad una tarde que se parecía a una noche, era una tarde gris con nubes negras y lluvia, una tarde con camperas en las calles y vientos fuertes que refrescaba los cuerpos calientes por el sexo y el café, salimos de tu casa y caminábamos por el centro de una ciudad desierta. Recuerdo cada detalle, recuerdo que el viento me despeinaba vos me miraste y te reíste, soltaste mi mano y te pusiste a peinarme “Tenés todos los pelos parados” dijiste, fue cuando ocurrió, tus ojos se llenaron de deseo, se llenaron y los vi como solía verlos unos instantes antes de que los cierres y me beses. Entonces pasó, junto al placer vino el dolor, junto al sabor a dentífrico y saliva sentí que algo me hincaba, lo sentí durante el beso, algo punzante en el costado izquierdo de mi pecho me hacía daño, me aleje de vos y cuando abrí los ojos pude ver que también tenías una expresión de dolor en tu rostro, sorprendidos no dijimos nada y seguimos caminando por aquella ciudad desierta y gris.
Un año y lo recuerdo tan bien. Era una tarde como las que me gustan a mí, una tarde como la de ayer en la que nos volvimos a ver, una tarde fría de invierno y vos me decías que “era un tipo raro”, que “¿cómo me puede gustar una tarde así?” yo solo me encogía de hombros y decía “no sé”.
Hoy a todos los que conocen nuestra historia les parece entre trágico y cómico que nos saludemos a dos o tres metros de distancia y algunos piensan que exageramos cuando decimos que por mas que queramos no nos acercamos mas porque de alguna forma terminamos lastimados.
La segunda vez el dolor fue más fuerte, ocurrió esa misma tarde en tu casa.
Como nos pasaba siempre que estábamos juntos no podíamos estar sin abrazarnos y besarnos y cuando volvimos a tu casa nos abrazamos, nos besamos y nos hicimos daño. Sentí un gran dolor en el pecho, algo me atravesó el corazón y estuve a punto de gritar pero fuiste vos la que gritaste y alejándote de mí dijiste “Porqué lo hiciste” y claro, no te entendí, es que esas palabras eran mías yo quería saber porque lo habías hecho, y entonces fuiste vos la que no me entendió.

Una tarde cualquiera caminas por la ciudad y ves infinidad de rostros que no te producen nada y de pronto aparece uno que puede llevar a tu mente a realizar viajes infinitos, de repente ves a alguien que tiene la posibilidad de hacer que tu mirada se pierda y no hay nada que te pueda hacer volver. Sinceramente no se a que atribuirle el poder de tu mirada sobre mi, lo que si sé es que esta ahí en tus ojos y cuando te veo termino perdido en un lugar del que no quiero volver, pero al que lamentablemente ya no puedo ir.
Este efecto tuyo sobre mí estuvo siempre, estuvo en la facultad en la que hablamos tantas veces antes de saber nuestros nombres, también ese día que nos encontramos en la costanera. Como suelen suceder pocas cosas en la vida, todo se fue dando de una manera casi perfecta, como si fuéramos parte de un rompecabezas en el que las piezas empiezan a encajar para formar la figura esperada, para formar un paisaje hermoso del que éramos parte. Estuvimos en el momento justo en el lugar indicado, aunque ahora que se lo que paso, quizás estuvimos donde no debíamos estar, sin embargo estuvimos y lo que quizás no debía empezar empezó. Nunca sabré esto, lo que si sé es que vos no buscabas en mi lo que encontraste y ambos sabemos que en mi mundo herméticamente cerrado desde adentro nadie había logrado entrar como vos lo hiciste y hoy dudo que alguien lo vuelva a hacer.
Esa mañana en la costanera en que nos encontramos después de clase fue el comienzo, la mañana pasó y luego entre risas y cigarrillos con la tarde llegaron secretos y verdades, miedos y esperanzas. Como tantas cosas que nos marcan pasan a formar parte de nuestro cuerpo, hoy llevo algunas marcas tuyas, marcas que no se ven pero que están ahí, marcas agradables porque con vos vino el Jazz, Benedetti y las risas de una sociedad estructurada de la que nunca íbamos a formar parte. Con el correr del tiempo vivimos tantas cosas y las noches más perfectas solo fueron superadas por amaneceres mucho más perfectos, pero esa felicidad que ninguno de los dos buscaba y estoy seguro ninguno de los dos quería que termine terminó.
Un par de adolescentes no tan adolescentes, conservando en el más absoluto de los secretos una relación que pensábamos los demás podían arruinar, que ironía que se halla arruinado y no por culpa de alguien más.
El tiempo que nos vimos te mantuve lejos de casa ya que nadie mas podía formar parte de aquel mundo, vos hacías lo mismo pero te costaba menos, si casi no querías hablar de aquel militar retirado al que te era imposible decirle Papá, aquel hombre que se había quedado viudo el día que naciste. No, nada querías contar de Santa Fe, eso era parte de tu otra vida, una vida que por motivos que nunca sabré querías olvidar, motivos que no me importaban porque estabas conmigo y eras mía. Nos divertimos tanto, armamos un mundo perfecto sin nadie más que los dos, sin reglas ni limitaciones. En tu casa en la ciudad de Corrientes hicimos aquel mundo, en el cual la vida tenía un color y un sonido distinto, si creyera en la magia diría que aquel era un lugar mágico, lugar que solo era nuestro, lugar que considerábamos indestructible hasta que pasó lo que pasó, hasta que esa tarde gris de invierno tuvimos que separarnos, para siempre.

“Porque lo hiciste” preguntaste y no te entendí, es que esas palabras eran mías, yo quería saber porque lo hiciste, pero entonces fuiste vos la que no entendió. Ninguno de los dos dijo algo más, mire en mi pecho y sobre el costado izquierdo vi sangre que salía de un corte no muy grande pero si profundo. Pero vi algo mas, vi que en el costado derecho de mi pecho algo sobresalía.
Estaba confundido no podía entender que era eso, encendí la luz y la vi. En el costado derecho de mi pecho tenía una lanza que apuntaba a tu corazón. Una lanza del mismo tamaño de la que tenías vos apuntando al mío, ambos las vimos antes que desaparezcan. No entendimos lo que pasaba, hasta que quisimos acercarnos y volvieron a aparecer, nos alejamos, yo me quede contra la ventana y vos te sentaste en el sillón, luego hicimos un intento más y nos abrazamos. El dolor para mi era insoportable, pensé en que si para estar a tu lado habría que tolerarlo lo haría, pero no toleraría saber que vos sufrís algo similar, no soportaría saber que te lastimo. Me dijiste que pensabas igual.
Nos alejamos, nos despedimos sin un último beso, es que para no lastimarnos era mejor así.
Hoy el cielo esta gris hay nubes negras, lluvia y camperas en las calles pero no nos vamos a abrazar. Hoy solo se que no vivís mas en Corrientes, no se que sabrás vos de mí, lo que ambos sabemos es que no vamos a estar juntos nunca mas, es que de alguna forma cuando lo hacemos nos lastimamos, de alguna forma en tu cuerpo y en el mío aparecen lanzas y nuestros corazones salen heridos, no se a que se debe esto solo se que no te quiero lastimar, como tampoco querés hacerlo vos, entonces cuando nos vemos en esta pequeña ciudad en la que solo basta salir a caminar para encontrarse con un rostro conocido nos miramos y llenos de melancolía decimos “hola” y “chau” solo moviendo los labios, sin acercarnos es que pueden aparecer de vuelta las lanzas y aunque lo que queramos sea abrazarnos y besarnos terminaríamos heridos, lastimados por algo que no podemos controlar.

jueves, 13 de enero de 2011

Este silencio.

Los últimos colores de la noche se mezclan con los primeros del día, y las calles tienen ese silencio que uno busca cuando tiene algo importante que pensar o recordar, sentado en el cantero de la avenida un diariero no se molesta en ofrecer sus diarios a los pocos autos que detuvo el semáforo, no se mueve y permanece sentado con la mirada fija en el suelo, pero seguramente viendo algo más que el pavimento, seguramente piensa o recuerda aprovechando el silencio que a las 5:20 tiene la ciudad.
Luego de unos minutos el colectivo cruza antes que se encienda la luz verde mientras me digo que la vida a veces transcurre entre pensamientos y recuerdos que uno necesita ordenar, pero que no siempre tiene el silencio necesario para hacerlo.
Bajo del colectivo, cruzo la avenida muy despacio, envuelto en un silencio agradable.
Camino despacio e intento aprovechar este silencio, sé que en unos minutos habrá desaparecido.

sábado, 1 de enero de 2011

Nuevos caminos.

Solo sabemos de algunas cosas que quedaron,
que llevaremos guardadas donde vayamos,
y habrá otras tantas que olvidaremos,
porqué aunque no queramos aceptarlo,
a veces olvidar es necesario.
Habrá en el futuro sonrisas por lo vivido,
brillo en los ojos por lo que cada uno dejó y se llevó.
Habrá nuevos rostros y otras miradas,
nos encontraremos en otros gestos, en otros sonidos.

Hoy sabemos pocas cosas y creo es mejor así,
como también a veces es mejor dejar al tiempo que hable,
que escriba lo que tiene que escribir,
que el tiempo
o quien sea que marca este camino lo siga haciendo,
como hasta ahora.
Alguna vez este camino nos acercó,
tiempo después nos alejó,
y como ocurre en esos casos me enoje
y quise destruir el día y la noche y la luna.
Como se sabe nada conseguí.

Dejemos que el tiempo
o quien fuera que marca este camino lo siga haciendo,
que escriba lo que tiene que escribir,
que señale otros caminos para transitar.
Sea el tiempo, o nosotros, o alguien más,
dejemos que el camino siga
y sigamos caminando por ahí.