miércoles, 11 de agosto de 2010

Palabras inexistentes.

Lo historia “Palabras inexistentes” está formado por hechos que escuché varias veces en distintos lugares, los junté en ese “acto” que presencia la persona del cuento, para que sucedan ese mismo día y a pesar de que el “acto” no existió tal cual lo cuento sí existen los hechos que se mencionan.




Me acercaba a la plaza y recordaba aquello que había leído: todos los pueblos originarios de este continente no tenían en sus idiomas palabras para decir “limites” o “fronteras”, ya que no sabían que era eso. Todo era de todos y a la vez de nadie.

Caminaba entre las personas por el medio de la calle, los autos no circulaban por la avenida y la ciudad se veía agitada, distinta.

Casi al ir llegando divisé las banderas multicolores, también había banderas rojas y negras con la imagen de Guevara.

“Seguro tengo que dar marcha atrás.” dijo alguien a mi lado abriendo la puerta de su auto, “En este país no hay un día en el que no haya un corte de calles” agregó y preferí no responder a esas palabras. Seguí caminando hacia la plaza, dejé atrás a aquél hombre -y su forma de pensar- recordando aquello de que los pueblos originarios no conocían lo que significaban algunas palabras porque no las necesitaban. Había visto a varios hablar entre ellos perfectamente en su idioma y cuando se referían a la “propiedad” decían “propiedad” en castellano, hacían lo mismo con otras palabras como “cerca”, “alambrado” o “frontera”.

El acto comenzó y un representante de cada comunidad tomó la palabra para contar la realidad de su pueblo.

Contaron de las masacres que siguen sufriendo, los despojos y robos de los que son víctimas, robos que no salen en los diarios o la televisión porque a los medios de comunicación no les importa o porque tienen interés en que nada se sepa. Un miembro de la comunidad Mapuche, que había llegado del sur, manifestó con ironía que el estado les decía que antes de cada movilización debían pedir permiso a la municipalidad, pero el estado no había pedido permiso al señor del desierto para pasar la ruta del Rally Dakar el año pasado ni lo iba a hacer para el Rally de este año. Contó que todas las tribus que existen a lo largo de América mantienen sus tradiciones a pesar de que la llegada del hombre blanco las quiso borrar, y una de esas tradiciones es pedir permiso antes de usar algo, piden permiso al señor de la montaña si van a cazar sobre ella, o al señor del agua si van a nadar o a pescar.

Escuchaba la realidad que contaban, escuchaba sus historias pasadas y más recientes.

Todos los que esa mañana hablaron contaron de los atropellos que sufrían y como el estado era cómplice de quienes los despojaban de la tierra. En mi cabeza fui viendo lo que decían, podía ver las hectáreas de monte Chaqueño arrasadas por topadoras, los lagos del sur convertidos en centros turísticos y la nieve hecha pista de esquí en “Las leñas”, veía a todas las tribus teniendo que respetar “cercas” porque las tierras pasaron a ser “propiedad privada”, todas palabras y expresiones que ellos antes no conocían, pensé en lo absurdo que era todo, recordé a Rousseau: “El primer hombre a quién, cercando su terreno, se le ocurrió decir Esto es mío y halló gente bastante simple para creerle fue el verdadero fundador de la sociedad civil. ¡Cuántos crímenes, guerras, asesinatos; cuántas miserias y horrores habría evitado el género humano aquel que hubiese gritado a sus semejantes, arrancando las estacas de las cercas o cubriendo el foso: Guardaos de escuchar a este impostor; estáis perdidos si olvidáis que los frutos son de todos y la tierra de nadie!”(*), claro que Rousseau escribió eso en 1755, y mucho, pero mucho tiempo antes, esas ideas ya eran puestas en práctica en este suelo.

Esa mañana en la plaza veía una vez más a la injusticia perpetuarse, quienes cuidan esta tierra fueron y son despojados de ella, y quienes la destruyeron y lo siguen haciendo, continúan apropiándose de ella.

Antes de finalizar el acto el representante de la comunidad Mapuche recordó: “Nadie es dueño de la tierra, uno la recibe en préstamo cuando nace y la debe devolver a la naturaleza más próspera y fértil cuando se va”, luego el acto terminó, las personas con calma se fueron, la plaza volvió a verse como se ve todos los días, los autos volvieron a circular por la avenida.

Fui hacia la parada del colectivo pensando en las palabras inexistentes, en lo absurdo que es decir “esto es mío y nadie cruza por acá”, en las injusticias que presenciamos pasivamente.



(*) Jean-Jacques Rousseau, “Discurso sobre el origen de las desigualdades entre los hombres”.

2 comentarios:

  1. Una lástima que nadie grito!...
    Gastón, esta muy bueno el cuento, me gusto… es una pena que tanto de todo eso es tan real, pero creo que, también es real que, debemos reflexionar y actuar! Aunando fuerzas, gritos e ideas… ahora debemos gritar, aunque no se quiera escuchar hay que gritar, juntos y fuerte!!Crear nuevas palabras que digan que las cosas deben y se pueden cambiar...

    Beso, Ji
    PD: me pueden tildar de utópica...pero prefiero esto que al quietismo de las ideas y al silencio en el corazón!

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  2. Son pocos los que gritan, creo siempre pasa así, los que son pisoteados gritan, se manifiestan, resisten, y algunos los siguen, pero no todos.
    El ser humano es individualista, esta aquella frase (no me la acuerdo textual pero es mas o menos así) "El problema del mundo no son los 200 hombres que lo quieren conquistar, el problema del mundo son los millones que no hacen nada." (insisto no recuerdo textual la frase, pero creo se entendió la idea).
    Un beso Ji, gracias por lo que decís del cuento.

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