jueves, 26 de agosto de 2010

Conservación de los recuerdos.

Los famas para conservar sus recuerdos proceden a embalsamarlos en la siguiente forma: Luego de fijado el recuerdo con pelos y señales, lo envuelven de pies a cabeza en una sábana negra y lo colocan parado contra la pared de la sala, con un cartelito que dice: «Excursión a Quilmes», o: «Frank Sinatra».
Los cronopios, en cambio, esos seres desordenados y tibios, dejan los recuerdos sueltos por la casa, entre alegres gritos, y ellos andan por el medio y cuando pasa corriendo uno, lo acarician con suavidad y le dicen: «No vayas a lastimarte», y también: «Cuidado con los escalones.» Es por eso que las casas de los famas son ordenadas y silenciosas, mientras en las de los cronopios hay una gran bulla y puertas que golpean. Los vecinos se quejan siempre de los cronopios, y los famas mueven la cabeza comprensivamente y van a ver si las etiquetas están todas en su sitio.



El 26 de agosto de 1914 nació Julio Cortázar.
En un libro que me regalaron dice “Volvé Cortázar volvé, total que te cuesta” y aclara el autor que esa frase es de una pintada en un muro de Buenos Aires, me parece genial porque Julio por estar siempre entre lo fantástico y real sin una línea en el medio que lo separe tranquilamente puede volver, a él no le cuesta.
“Conservación de los recuerdos” pertenece a “Historias de Cronopios y de Famas”.

lunes, 16 de agosto de 2010

Se despertó.

“Sí, pero quién nos curará del fuego sordo,

del fuego sin color que corre al anochecer...”

(Rayuela, Cap. 73, Julio Cortázar.)




Un montón de palabras, de silencios e imágenes

despertaron esta sensación que me habita,

que me domina, que se apodera de mí,

de lo que soy, de lo que se ve y no se ve.

Esta noche en que lo imposible

y lo que dejó esa imposibilidad duele más,

siento que no hay nadie que me comprenda.

Camino y llevo con migo esta sensación,

como ella me lleva a mí.

Pienso lo que me dice debo pensar,

escucho lo que tiene ganas de escuchar.

Ella estaba ahí, quieta, escondida,

oculta en lo más profundo de mí,

en aquél lugar que solo alguien conoció alguna vez,

y se despertó hoy, esta noche fría y hermosa

y como ella vive en mí, no puedo dejarla,

esta sensación va con migo

y es ella la que decide a donde voy,

decide lo que pienso y lo que escucho.

Así vamos llevándonos uno al otro,

sin mí ella no existiría,

sin ella yo no saldría a caminar.

De alguna forma avanzamos y aunque hoy no lo entienda,

aunque hoy me duela todo y no comprenda nada,

sé que esos pequeños pasos que damos, son buenos.

miércoles, 11 de agosto de 2010

Palabras inexistentes.

Lo historia “Palabras inexistentes” está formado por hechos que escuché varias veces en distintos lugares, los junté en ese “acto” que presencia la persona del cuento, para que sucedan ese mismo día y a pesar de que el “acto” no existió tal cual lo cuento sí existen los hechos que se mencionan.




Me acercaba a la plaza y recordaba aquello que había leído: todos los pueblos originarios de este continente no tenían en sus idiomas palabras para decir “limites” o “fronteras”, ya que no sabían que era eso. Todo era de todos y a la vez de nadie.

Caminaba entre las personas por el medio de la calle, los autos no circulaban por la avenida y la ciudad se veía agitada, distinta.

Casi al ir llegando divisé las banderas multicolores, también había banderas rojas y negras con la imagen de Guevara.

“Seguro tengo que dar marcha atrás.” dijo alguien a mi lado abriendo la puerta de su auto, “En este país no hay un día en el que no haya un corte de calles” agregó y preferí no responder a esas palabras. Seguí caminando hacia la plaza, dejé atrás a aquél hombre -y su forma de pensar- recordando aquello de que los pueblos originarios no conocían lo que significaban algunas palabras porque no las necesitaban. Había visto a varios hablar entre ellos perfectamente en su idioma y cuando se referían a la “propiedad” decían “propiedad” en castellano, hacían lo mismo con otras palabras como “cerca”, “alambrado” o “frontera”.

El acto comenzó y un representante de cada comunidad tomó la palabra para contar la realidad de su pueblo.

Contaron de las masacres que siguen sufriendo, los despojos y robos de los que son víctimas, robos que no salen en los diarios o la televisión porque a los medios de comunicación no les importa o porque tienen interés en que nada se sepa. Un miembro de la comunidad Mapuche, que había llegado del sur, manifestó con ironía que el estado les decía que antes de cada movilización debían pedir permiso a la municipalidad, pero el estado no había pedido permiso al señor del desierto para pasar la ruta del Rally Dakar el año pasado ni lo iba a hacer para el Rally de este año. Contó que todas las tribus que existen a lo largo de América mantienen sus tradiciones a pesar de que la llegada del hombre blanco las quiso borrar, y una de esas tradiciones es pedir permiso antes de usar algo, piden permiso al señor de la montaña si van a cazar sobre ella, o al señor del agua si van a nadar o a pescar.

Escuchaba la realidad que contaban, escuchaba sus historias pasadas y más recientes.

Todos los que esa mañana hablaron contaron de los atropellos que sufrían y como el estado era cómplice de quienes los despojaban de la tierra. En mi cabeza fui viendo lo que decían, podía ver las hectáreas de monte Chaqueño arrasadas por topadoras, los lagos del sur convertidos en centros turísticos y la nieve hecha pista de esquí en “Las leñas”, veía a todas las tribus teniendo que respetar “cercas” porque las tierras pasaron a ser “propiedad privada”, todas palabras y expresiones que ellos antes no conocían, pensé en lo absurdo que era todo, recordé a Rousseau: “El primer hombre a quién, cercando su terreno, se le ocurrió decir Esto es mío y halló gente bastante simple para creerle fue el verdadero fundador de la sociedad civil. ¡Cuántos crímenes, guerras, asesinatos; cuántas miserias y horrores habría evitado el género humano aquel que hubiese gritado a sus semejantes, arrancando las estacas de las cercas o cubriendo el foso: Guardaos de escuchar a este impostor; estáis perdidos si olvidáis que los frutos son de todos y la tierra de nadie!”(*), claro que Rousseau escribió eso en 1755, y mucho, pero mucho tiempo antes, esas ideas ya eran puestas en práctica en este suelo.

Esa mañana en la plaza veía una vez más a la injusticia perpetuarse, quienes cuidan esta tierra fueron y son despojados de ella, y quienes la destruyeron y lo siguen haciendo, continúan apropiándose de ella.

Antes de finalizar el acto el representante de la comunidad Mapuche recordó: “Nadie es dueño de la tierra, uno la recibe en préstamo cuando nace y la debe devolver a la naturaleza más próspera y fértil cuando se va”, luego el acto terminó, las personas con calma se fueron, la plaza volvió a verse como se ve todos los días, los autos volvieron a circular por la avenida.

Fui hacia la parada del colectivo pensando en las palabras inexistentes, en lo absurdo que es decir “esto es mío y nadie cruza por acá”, en las injusticias que presenciamos pasivamente.



(*) Jean-Jacques Rousseau, “Discurso sobre el origen de las desigualdades entre los hombres”.

jueves, 5 de agosto de 2010

Invierno.

Y la ciudad me gusta más así como se encuentra hoy, hermosamente fría, aunque esta no es mi ciudad, ¿y la otra lo es?, ¿y la otra? ¿y la otra?, quizás nadie tenga una ciudad, lo cierto es que hoy camino esta ciudad más vieja que la otra aburrida.
El viento fuerte pasa llevándose gorros, bufandas, hojas secas que vuelan perdiéndose en las calles.
Camino largando esa especie de humo que largamos cuando hace mucho frío, todos los que caminan por acá lo hacen y el viento sigue llevándose todo, me causa gracia ver a las personas correr tras sus gorros y bufandas.
Mientras camino formo Rayuelas con las baldosas de distintos colores, camino por mis Rayuelas pero no las salto, espejismos me muestran rostros viejos en rostros nuevos, pero los rostros nuevos se encargan de romper esos espejismos. Descubro que esta ciudad es tan aburrida como la otra, pero ese descubrimiento no me importa y perdiéndome en esta nueva pero vieja ciudad, siento otro viento, no el de este invierno frío y agradable, es un viento distinto, interno, que hace algún tiempo empezó soplar y a alejar hojas secas.