jueves, 24 de junio de 2010

Ernesto Sabato.

“Caminaba al azar por las calles de Buenos Aires, miraba a sus gentes, me sentaba en un banco de la plaza Constitución y pensaba. Luego volvía a mi piecita y me sentía más solo que nunca. Y únicamente sumergiéndome en los libros parecía encontrar de nuevo la realidad, como si aquella existencia de las calles fuera, en cambio, una suerte de gran sueño de gente hipnotizada. Faltaban muchos años para que comprendiera que en aquellas calles, en aquellas plazas y hasta en aquellos negocios y oficinas de Buenos Aires había miles de personas que pensaban o sentían más o menos lo que yo sentía en ese momento: gente angustiada y solitaria, gente que pensaba sobre el sentido y el sin sentido de la vida, gente que tenía la sensación de ver un mundo dormido a su alrededor, un mundo de personas hipnotizadas o convertidas en autómatas.
Y en aquel reducto solitario me ponía a escribir cuentos. Ahora advierto que escribía cada vez que era infeliz, que me sentía solo o desajustado con el mundo en que me había tocado nacer. Y pienso si no será siempre así, que el arte de nuestro tiempo, ese arte tenso y desgarrado, nazca invariablemente de nuestro desajuste, de nuestra ansiedad y nuestro descontento. Una especie de intento de reconciliación con el universo de esa raza de frágiles, inquietantes y anhelantes criaturas que son los seres humanos. Puesto que los animales no lo necesitan: les basta vivir. Porque su existencia se desliza armoniosamente con las necesidades atávicas. Y al pájaro le basta con algunas semillitas o gusanos, un árbol donde construir su nido, grandes espacios para volar; y su vida transcurre desde su nacimiento hasta su muerte en un venturoso ritmo que no es desgarrado jamás ni por la desesperación metafísica ni por la locura. Mientras que el hombre, al levantarse sobre las dos patas traseras y al convertir en un hacha la primera piedra filosa, instituyó las bases de su grandeza pero también los orígenes de su angustia; porque con sus manos y con los instrumentos hechos con sus manos iba a erigir esa construcción tan potente y extraña que se llama cultura e iba a iniciar así su gran desgarramiento, ya que habrá dejado de ser un simple animal pero no habrá llegado a ser el dios que su espíritu le sugiero. Será ese ser dual y desgraciado que se mueve y vive entre la tierra de los animales y el cielo de sus dioses, que habrá perdido el paraíso terrenal de su inocencia y no habrá ganado el paraíso celeste de su redención. Ese ser dolorido y enfermo del espíritu que se preguntará, por primera vez, sobre el porqué de su existencia. Y así las manos, y luego aquella hacha, aquel fuego, y luego la ciencia y la técnica habrán ido cavando cada día más el abismo que lo separa de su raza originaria y de su felicidad zoológica. Y la ciudad será finalmente la última etapa de su loca carrera, la expresión máxima de su orgullo y la máxima forma de su alienación. Y entonces seres descontentos, un poco ciegos y un poco como enloquecidos, intentan recuperar a tientas aquella armonía perdida con el misterio y la sangre, pintando o escribiendo una realidad distinta a la que desdichadamente los rodea, una realidad a menudo de apariencia fantástica y demencial, pero que, cosa curiosa, resulta ser finalmente más profunda y verdadera que la cotidiana. Y así soñando un poco por todos, esos seres frágiles logran levantarse sobre su desventura individual y se convierten en intérpretes y hasta en salvadores (dolorosos) del destino colectivo.”


Fragmento de “Sobre héroes y tumbas”.
Hoy cumple 99 años Ernesto Sabato.

viernes, 18 de junio de 2010

Rayuela, capítulo 36.

“(...) La rayuela se juega con una piedrita que hay que empujar con la punta del zapato. Ingredientes: una acera, una piedrita, un zapato, y un bello dibujo con tiza, preferentemente de colores. En lo alto está el Cielo, abajo está la Tierra, es muy difícil llegar con la piedrita al Cielo, casi siempre se calcula mal y la piedra sale del dibujo. Poco a poco, sin embargo, se va adquiriendo la habilidad necesaria para salvar las diferentes casillas (rayuela caracol, rayuela rectangular, rayuela de fantasía, poco usada) y un día se aprende a salir de la Tierra y remontar la piedrita hasta el Cielo, hasta entrar en el Cielo, (...), lo malo es que justamente a esa altura, cuando casi nadie ha aprendido a remontar la piedrita hasta el Cielo, se acaba de golpe la infancia y se cae en las novelas, en la angustia al divino cohete, en la especulación de otro Cielo al que también hay que aprender a llegar. (...)”



Julio Cortázar.

domingo, 13 de junio de 2010

Sobre volar de nuevo.

“...volando a la deriva...”
“Paloma”, Andrés Calamaro.

Ahora viene el viento trayendo dulzura de otras tierras.
Ahora viene el viento y me dice algo,
lo que el viento dice me convence y me dejo llevar.

Este camino por momentos es tan irónico y cruel,
lleno de mentiras, que mejor alejarse,
solo por un instante, pero mejor hacerlo.

Mejor volar como antes, como años atrás,
aunque haya que hacerlo de otra forma.
“Volar como antes no se puede”,

coincido, pero hay que volar,
este camino irónico y cruel pide que lo hagamos,
pide que volemos lejos un instante.

Entonces salimos, volamos no como antes,
pero nos vamos, ¿vamos?:
“sí, a distintos lugares, pero vamos”.

Sí, vamos y que el viento nos lleva.
El viento trae dulzura de otras tierras,
y me convence que tengo que subir.

El camino se ve distante,
solo la libertad del viento se siente.
Creyéndome un poco Gorrión vuelvo a volar.

Siendo un poco Paloma te vas.
El camino queda atrás, lejos.
A distintos lugares vamos.

lunes, 7 de junio de 2010

Mujer calamar.

Hay un mar que no es líquido, un mar que nos rodea, ese mar está en esta ciudad, en todas las ciudades.
Hay una mujer que suele esconderse en ese mar, en todos los mares, ocultarse es su forma de protegerse. Es valiosa y muchos quieren tenerla, pero ella es tan libre como única, así es que cuando la quieren capturar la lastiman ya que no tolera el encierro.
Esa mujer da vueltas en este mar no líquido que es esta ciudad. Ella se esconde en su oscuridad, es la mujer calamar que cuando se ve amenazada suelta su tinta, suelta toda su oscuridad que la protege, solo así sobrevive, solo así puede ser tan libre como quiere.
Algunos dicen que también hay un hombre calamar, que también da vueltas en este mar, que es esta ciudad, que son todas las ciudades, pero a diferencia de ella, a él nadie o casi nadie vio.

jueves, 3 de junio de 2010

Nuevo mundo.

Explosión de bombas, daño colateral,
no iban dirigidas a mí pero llegaron.
Cayeron develando una mentira absurda,
no muy grande, no muy antigua,
pero mentira al fin.

Al concluir un bombardeo
queda en ruinas una ciudad,
al pasar tú bombardeo de mentiras
quedaron ruinas de lo que fui,
y de lo que ya no soy.

Me reconstruí hace algún tiempo,
recibí ayuda y lo hice.
Ahora el viento me lleva,
el camino muestra formas que desconozco,
pero que me gustan.

Las ruinas de lo que fui quedaron atrás,
lejos en el tiempo.
Otra ciudad se construyó,
un nuevo mundo apareció.
Nuevas canciones y poesías me forman.

El viento sopla en forma agradable,
el camino muestra un brillo nuevo.
Mil bombas pueden estallar a mí alrededor,
los cimientos que me forman son más sólidos,
y el nuevo mundo aparece inmenso.

No había necesidad de un bombardeo,
jamás hay necesidad de destruir algo,
por más pequeño que sea.
Pero eso ya quedó atrás, lejos en el tiempo,
lejos del nuevo mundo.