domingo, 25 de abril de 2010

Ladridos II.

La música me hizo pensar en cosas que me rodeaban, así fue que sin verlo volvió el perro que ladraba.
No sé porqué, pero creo se encontraba viendo hacia arriba, buscando inútilmente la luna en el cielo nublado.
Supongo que al igual que yo no quería dormir o quizás no podía hacerlo. Si sé que ladraba y esperaba, yo escuchaba “Creep”, que era lo único que podía escuchar, no porque no haya tenido otra cosa. La lluvia caía y todos dormían.
Ya había imaginado el texto “Ladridos”, ya había pensado en los rayos corriendo por el cielo, luego de verlos correr por el cielo, también sabía que algún tiempo atrás ladre y me ignoraron.
Como siempre que se la escucha "Creep" me pareció más oscura, también más potente, la lluvia caí, el perro que no veía ladraba, otro perro respondió, y el concierto de ladridos quito su aburrimiento al barrio.
En ese instante una sensación conocida aunque nueva, me hace escuchar los otros ladridos, no los de los perros, los de quien responde a los míos y no los ignora, vuelvo a poner "Creep" que me perece mucho más potente que hace un instante y empiezo a pensar en escribir “Ladridos II”, que solo va a servir para contar como apareció “Ladridos”, que como todo lo que escribo solo tiene valor para mí y también me parece que (como siempre me pasa) la idea es mucho mejor que el resultado.
Y canto en mi ingles inentendible “I wish I was special...” y escribo con mi letra inentendible sobre un perro que no conozco.

jueves, 22 de abril de 2010

Ladridos.

Veo el cielo oscuro,
rayos en ese cielo oscuro salen
como corriendo de un lugar a otro.
Como varias noches los fantasmas
no me dejan dormir,
fantasmas de recuerdos hermosos y a la vez dolorosos.

La lluvia cae muy despacio,
tan bella como solo ella sabe caer.
Los rayos van y vienen por el cielo,
me recuerdan las viejas películas de terror
en las que hombres lobos y vampiros eran cazados.

La calle tiene la misma tranquilidad de siempre a esta hora,
salvo que me gusta más esta noche que se encuentra mojada por la lluvia.

Un perro ladra,
luego permanece en silencio
esperando que le contesten otros perros,
pero nadie lo hace
y vuelve a ladrar.
Pienso en el perro y lo entiendo,
alguna vez (no hace mucho) ladre
y no me contestaron,
ladre con mi forma de ladrar y fui ignorado.
Creo lo merezco, aunque no estoy seguro, digamos que sí.

Los rayos siguen cruzando el cielo,
los fantasmas de recuerdos me muestran
que quizás no es que me ignoraron,
es solo que pasó el tiempo.

Escucho más ladridos, son de otro perro,
no de quien ladro hace un instante,
es otro perro que le responde
y así comienza el concierto de ladridos en el barrio.

Imito a los perros y ladro.
Ladro a alguien más que no tarda en responder,
mientras la lluvia cae
y los rayos pasan corriendo por el cielo.

lunes, 19 de abril de 2010

Te vas.

Hace algunos días que tengo el nuevo disco de Ismael Serrano, se llama “Acuérdate de vivir”, todas las canciones son muy lindas, pero bueno como es un cantante que me gusta es difícil ser objetivo.
Copio la letra de esta canción, se llama “Te vas”, me gustan muchas frases como esta: “Y yo procuraré sonreír más a menudo y acostarme a una hora prudente.”, o “Has de pensar, cada nueva mañana, que un tipo a menudo piensa en ti y sonríe aunque quizá no sean sus días más felices”, entre las muchas que tiene.





Te vas
a la ciudad definitiva sin mí,
perdonarás que no te vaya a despedir.
La noche corta como un cristal roto y tú
estarás tan triste como hermosa.

Tu luz
quemó mis naves cargadas de incertidumbre
y el corazón que sobre tu mesa yo puse
para cenar la noche en que nos dispusimos
a saltar de la mano al precipicio.

Y yo procuraré sonreír más a menudo
y acostarme a una hora prudente.
Tú me enseñaste que afuera siempre
me está esperando una nueva mañana,
como aquella nuestra, radiante y soleada.
Como aquella nuestra, radiante y soleada.

Te vas
a la ciudad definitiva y en Madrid
quedamos huérfanos y enfermos. Te vas a reír,
pero pregunto cada noche a los fantasmas
que habitan mis bares
cuándo vuelves a casa.
Los días caen lentos como el polen de un árbol
cubriendo todo mi jardín de desencanto.
Un sucedáneo de la vida será al fin
el tiempo que he de recorrer sin ti.

Y yo procuraré no suspirar tan a menudo
y acostarme a una hora prudente.
Yo sé que afuera, inevitablemente,
me está esperando una nueva mañana
–lo prometiste– radiante y soleada.

Y tú procurarás cumplir con lo que has prometido,
ser fuerte y devorar la manzana.
Has de pensar, cada nueva mañana,
que un tipo a menudo piensa en ti y sonríe
aunque quizá no sean sus días más felices.

Y yo procuraré mantener la luz encendida
por si se te ocurre volver de repente.
Alumbrará este recuerdo incandescente
el camino de vuelta, aquel que trazaron antes
viejos fugitivos, nuevos amantes.
Viejos fugitivos, nuevos amantes.

Y yo procuraré sonreír más a menudo
y acostarme a una hora prudente.
Tú me enseñaste que afuera, siempre,
me está esperando una nueva mañana
como aquella nuestra,
radiante y soleada.

Te vas
a la ciudad definitiva sin mí.

martes, 13 de abril de 2010

Ciudad finita.

Sabía que era en vano dar vueltas por la ciudad, aunque también sabía que no era en vano hacerlo. Ante la contradicción reformulo su pensamiento.
Sabía que lo que buscaba no lo iba a encontrar dando vueltas por el centro de esa ciudad, sabía también que sí encontraría a muchos conocidos, recordó un fragmento de “Abaddón el exterminador”: “En una ciudad infinita pueden pasar años sin ver a un rostro conocido.”, por lo tanto -pensaba- en esa ciudad finita en la que se encontraba constantemente vería rostros conocidos.
Caminaba por la peatonal encontrándose con personas que conocía y que lo conocían, no veía lo que buscaba y sabía no lo iba a hacer.
Hacía ya unos meses que Sabato iba con él, llevaba encima muchas ganas de releer “Sobre héroes y tumbas”, esas ganas lo llevaron a una de las dos o tres librerías que quedaban en la ciudad.
“No sé a quién presté ese libro” decía su hermano cada vez que se lo pedía, entonces había decidido comprarse otro.
Rostros conocidos siguieron apareciendo ante él, incluso dentro de la librería donde, a diferencia de otras veces, no se quiso quedar mucho tiempo. Preguntó a una de las chicas que atendían por el libro, “tenés suerte, queda uno” respondió ella y como siempre que alguien mencionaba a la suerte él pensaba que tal cosa no existía, que había algo detrás de ese azar que muchas veces determina algo que puede ser importante o no, pensó también en la casualidad, que era algo que para él dejaba ver cierto misterio detrás de las cosas, “¿qué determina que algunas personas aparezcan y desaparezcan de nuestras vidas?” se preguntó. “La casualidad” se respondió, pensando en lo mucho que le gustaba la palabra casualidad.
Ya frente a la caja registradora dio el dinero, “¿tenés la tarjeta EXTRA!?, así sumas puntos”, escucho decir, alcanzó la tarjeta a la chica que como siempre que compraba un libro en esa cadena de librerías intentaba venderle la revista de “cultura”, rechazo la revista, como la bolsa para llevar el libro y salió.
Afuera la ciudad finita continuaba arrojándole rostros conocidos. A esa hora de la tarde él solo buscaba una cosa que sabía en esa ciudad no iba a encontrar, entonces fue en busca de algo que nuca le fue difícil hallar.
Camino hasta la plaza, se sentó en un banco, cerca de una de las fuentes. Había encontrado la soledad que buscaba, ¿o la soledad lo había encontrado a él?
Sentado, no le importaba quien había encontrado a quién.
Las personas caminaban por la plaza pero ya sus rostros, sean conocidos o no, le eran indiferentes.
Abrió el libro y leyó: “Un sábado de mayo de 1953, dos años antes de los acontecimientos de Barracas, un muchacho alto y encorvado caminaba por uno de los senderos del parque Lezama.”

viernes, 9 de abril de 2010

*El enemigo.

Mi juventud no fue sino un gran temporal
atravesado, a rachas, por soles cegadores;
hicieron tal destrozo los vientos y aguaceros
que apenas, en mi huerto, queda un fruto en sazón.

He alcanzado el otoño total del pensamiento,
y es necesario ahora usar pala y rastrillo
para poner a flote las anegadas tierras
donde se abrieron huecos, inmensos como tumbas.

¿Quién sabe si los nuevos brotes en los que sueño,
hallarán en mi suelo, yermo como una playa,
el místico alimento que les daría vigor?

-¡Oh dolor! ¡Oh dolor! Devora vida el Tiempo,
y el oscuro enemigo que nos roe el corazón,
crece y se fortifica con nuestra propia sangre.


*Charles Baudelaire (9 de abril de 1821/31 de agosto de 1867)

lunes, 5 de abril de 2010

En el Parque.

Hace algunos meses en la feria del libro se presento el libro “Poemas con famosos”, una antología hecha por los escritores Tony Zalazar (Chaco) y Alejandro Raymond (Buenos Aires).
El fin del libro era escribir sobre un encuentro con un famoso, podía ser hecho en forma de homenaje o no y el encuentro pudo haber ocurrido o no.
Así fue que tuve un encuentro con Sábato, este es el poema que salió en el libro.
(No dejen de leer “Sobre héroes y tumbas”).



Era él, no me costó reconocerlo,
además el enotrno lo delató.
Hacía frío, los árboles sin hojas
y con sus ramas peladas,
las estatuas avandonadas,
Parque Lezama desierto.

Me senté en un banco verde,
miraba el parque solitario,
pelado de cesped
y de personas.
Él llego caminando con su boina,
sobretodo e inconfundibles anteojos.

“Es Sábato”, pensé
o dije, no lo recuerdo.
Se sentó en el banco de enfrente.
Dude en hacercarme,
no quería interrumpir sus pensamientos.
Finalemente lo hice.

Me saludo con su sonrisa triste,
hablamos de sus libros,
conté lo que me produjo:
“El escritor y sus fantasmas”.
Dijo cuanto le gustaba el parque,
su soledad y estatuas viejas.

Jamás imagine este encuentró,
pensé que él ya no salía a caminar,
creía que ya no se movía de su casa.
Luego de un par de horas miró su reloj,
se puso de pie, me dio la mano,
dijo: “Alejandra no va a venir”, y se fue.