sábado, 21 de noviembre de 2009

Vamos a volar.

Cuando dijiste que sabías hacerlo y que me ibas a enseñar no te creí porque habíamos pasado toda la noche hablando cosas que no tenían mucho sentido (como casi siempre lo hacíamos).
Todo fue por París, ya sabías de mi obsesión por aquel lugar y también por qué había aparecido esa obsesión, habías dicho que cuando escriba como él y si lo hacía sobre vos querías que use tu nombre, “Julieta, nunca van a escribir como él” dije con voz algo ronca por el invierno, “siempre decís eso, aunque sabes a lo que me refiero”, dijiste acurrucándote, “bueno voy a usar tu nombre. ¿Sabes que me gusta tu nombre?” pregunté y luego volví al silencio.
No te gustaba mi silencio, siempre lo interrumpías (una de las tantas contradicciones que teníamos), me gusta el silencio, me gusta ahora, me gustaba antes y a vos no, entonces cantabas pero esa noche no tenías ganas de cantar, si de hablar y hablamos mucho y de muchas cosas, hasta que dijiste que me ibas a enseñar a volar, luego dijiste que aunque no te gustaba pensarlo ese conocimiento con migo te iba a servir. Recuerdo que ese comentario me disgusto aunque no dije nada.
“Vamos a volar”, fueron tus palabras, “no sé”, respondí, “yo te enseño, quizás un día saber hacerlo te salve” dijiste pasando tu mano por mi rostro.
Esa noche hacía frio por eso no habíamos bajado al piso, el destino sería París por mi obsesión, antes de partir examine la desnudez de tu espalda esperando encontrar tus alas, pero solo sentí la suavidad de tu piel.
“Es fácil” dijiste y allá fuimos.
Desde la torre todo se veía tan lindo y el silencio era muy agradable, “no sé que le ves a este lugar”, dijiste irónicamente y a pesar de que no te gustaba el invierno (otro de nuestros desencuentros en gustos ya que a mí me encanta) más tarde, ya de regreso, confesaste que ver la nieve te gustó.
Así fue que aquella noche aprendí a volar.
Ahora, ya separados, nos encontramos dando vueltas por el aire y todas las veces que lo hacemos hablamos de lo mismo. Vos cuestionas mi silencio y me pedís que hable, yo te digo que el nombre Julieta te queda bien y que vayamos a un lugar frío.
Creo que la próxima vez que te vea te voy a agradecer, tenías razón (lo reconozco) saber volar me sirvió, ayer lo descubrí.
Sinceramente espero que si esta noche nos cruzamos por el aire, volvamos a hablar como antes, volvamos a nuestras eternas diferencias (salvo Calamaro y Los piojos, claro), a mis silencios y a tus canciones, a las peleas que no son peleas y al invierno de Paris.

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