lunes, 7 de septiembre de 2009

El duende del patio.

Y una madrugada volvió.
Lo vi saltando en “Crimen y castigo”, se paraba en el borde del libro y saltaba hacia atrás dando una vuelta en el aire. No me costo reconocerlo y pensé que a él si le sería difícil reconocerme porque bueno, algo cambie de cuando tenía ocho o nueve años, que fue la última vez que hablamos, aunque no la última vez que nos vimos porque otra noche también de madrugada, hace algunos años lo vi sentado en la yerba de mi mate.
Estaba intentando recordar unos artículos cuando su sombra me alejo del código que leía.
Con uno de los saltos que dio subió hasta la lámpara y casi choco contra ella, se paraba en el precipicio que formaba el borde del libro y saltaba hacia atrás, ya estaba agitado de tantos saltos, me miró y saludo moviendo la cabeza. Definitivamente me reconoció a pesar de los veinte años que pasaron de la última vez que hablamos. Ya mi concentración (que nunca fue buena) me había abandonado, gire para ver por la ventana y él de un salto subió a hombros del cuervo, casi se cayó pero logro pararse en el arco del violín, cuando se afirmo apoyo una de sus manos en la cabeza del pájaro de madera y se puso a recitar:

Una vez al filo de una lúgubre media noche,
mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido,
inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia,
cabeceando, casi dormido,
oyóse de súbito un leve golpe,
como si suavemente tocaran,
tocaran a la puerta de mi cuarto.”

Sobre mi escultura del cuervo el duende recitaba “El cuervo”, yo con una sonrisa lo escuchaba y miraba mi aburrido barrio, mi árbol e intentaba repetir con él el poema que nunca pude memorizar. Imagine a Poe solo una madrugada escribiendo lo que sus delirios le mostraban.
El duende gesticulaba con sus manos recitando. Los últimos versos lo acompañé:

“Y el Cuervo nunca emprendió el vuelo
Aún sigue posado,aún sigue posado
en el pálido busto de Palas.
en el dintel de la puerta de mi cuarto.
Y sus ojos tienen la apariencia de
los de un demonio que está soñando.
Y la luz de la lámpara que sobre él se derrama
tiende en el suelo su sombra. Y mi alma,
del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo,
no podrá liberarse. ¡Nunca más!.”

Salto hasta los diccionarios, con mi brazo le hice un puente y llego hasta el marco de la ventana. Miramos el barrio, solo un gato paso como buscando algo y el árbol inmenso apenas movía sus ramas. ¿Cuántas personas como Poe deben ser visitadas por seres que no los abandonan nunca?, dije y el duende asintió.
El gato volvió a pasar, al parecer no encontró lo que fue a buscar, el árbol siguió casi inmóvil como lo estuvo toda la noche.
Sentado el duende miraba el barrio. Lo miré y pensé que él era mi Cuervo, luego me dijo que para él, el Cuervo era yo.
En silencio pensé que quizás yo no existía, que solo era producto de los delirios del duende.

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