sábado, 1 de agosto de 2009

Lo que ambos piensan.

Ella, caminando hasta el auto que estaba estacionado a dos cuadras del estudio pensaba lo mismo que pensaba él mientras le pegaba de revés a una pelota difícil contra el tejido.

Cuando entró vio la enorme luna blanca que contrastaba contra el cielo azul oscuro, dejó los planos y su bolso en el asiento de atrás y mientras giraba la llave recordaba, repasaba el día agotador que estaba terminado, pensaba en las novedades que tenía para contarles a sus padres y amigas y entre tantos recuerdos apareció Juan, llego para apoderarse de su interior y dominar sus pensamientos, para transformarse en recuerdos, algunos agradables y otros dolorosos.
Manejaba con el cinturón de seguridad ajustado a su cuerpo y trataba de entender lo que pasó.
Laura manejaba rápido, quería llegar al departamento y acostarse, cerrar los ojos y descansar. Después de casi no haber dormido en los últimos días y dedicarle todo su tiempo al trabajo quería encerrarse en su pieza, poner música y dormir, hacía tiempo no lo hacía, aunque las horas sin dormir valían la pena, ella lo supo siempre y lo confirmo esa tarde, ella lo supo y él no la entendía cuando se pasaba todo el día en el estudio, mucho menos cuando volvía al departamento para seguir trabajando.
Manejaba y se encontraba satisfecha, tanto esfuerzo valían la pena, el trabajo constante y mucho estudio le daban una oportunidad única para alguien de su edad. El llamado telefónico, una muy buena exposición y el espejo retrovisor le mostraba un brillo particular en sus ojos, ojos cansados con ojeras y satisfacción, ojos que quedaron vacíos cuando escucho esa canción en la que estaba él, la envolvieron más recuerdos, la envolvió el amor y la tristeza, sus ojos se llenaron de más brillo, pero era un brillo distinto al anterior, porque este nuevo brillo tenía dolor. Sus ojos, abismalmente profundos, se perdían en la avenida oscura y mal iluminada, lo recordaba, lo extrañaba veía en recuerdos sus ojos y también sus lagrimas, lo imaginaba desprotegido, vulnerable sin ella. Cambio la radio y cuando lo hizo pensó en lo conveniente que sería tener un botón en el cuerpo para cambiar lo que sentía.
Habían pasado algunos minutos de las once de la noche y Laura frenaba en cada semáforo, frenaba a pesar de que sus padres le decían que no lo haga, que de noche la ciudad en esa zona era muy peligrosa, que la podían robar, sus padres que siempre la controlaban le decían que cruce, con cuidado pero que cruce y ella decía “si” aunque nunca les hacía caso, no en lo del semáforo. El vidrio de la ventana bajo, la mano derecha en el volante seguía el ritmo de una canción en ingles, que hacía tiempo no escuchaba y solo acelero cuando se encendió la luz verde.
La ciudad parecía demasiado desierta para un viernes a la noche, aunque recién salía de Barranqueras y el centro estaba lejos. Otro semáforo la detuvo, vio el enorme regimiento oscuro, apretó cualquier botón de su celular para ver la hora, 23:10 y aunque las canciones eran una buena distracción para su mente no alejaban los recuerdos.
Lo veía tan tranquilo sentado en la plaza al lado del libro negro, con la mirada perdida, cubierto por una barba desprolija y las manos metidas dentro de los puños del buzo. Lo recordaba y se preguntaba que estará haciendo, “¿habrás terminado de jugar al paddle ya? Si, seguro ahora estas tomando algo con tus amigos en la cantina de la cancha, riéndote de alguna jugada”, decía Laura en voz baja y masticaba una barra de cereal, su cena de esa noche al igual que las anteriores, se enojaba porque tenía que cambiar constantemente la radio ya que solo encontraba algunas canciones que le gustaban y otras que no. Se desahogaba con el volante, pegándole enojada, quizás más por los recuerdos que por la falta de música.

Cuando se despidió Juan dijo que no iba a ir al Pub, todos sus amigos se lo reprocharon. Que por fin se había comprado un libro que hace tiempo tenía ganas de leer, todos sus amigos se rieron.
Grupos de chicos se amontonaban frente a los quioscos y las estaciones de servicio, formando círculos en los que giraban botellas de cerveza y cigarrillos. La luna lo veía volver caminando y él la ignoraba a pesar de que esa noche parecía imposible hacerlo por lo grande y blanca que estaba. Ignoraba a la luna y caminaba mirando el piso.
Volvía, con la paleta en la mochila, la mochila colgando de uno solo de sus hombros y las manos metidas en los puños del buzo. Cerraba los dedos tratando que no salgan fuera y recordaba la tarde que la conoció, recordó lo que ella dijo y se sonrió al escuchar la voz de Laura en su cabeza.
Un par de días atrás Juan se empezó a dar cuenta que el enojo inexplicable que sentía y las pocas ganas de salir tenían una explicación. Era porque la extrañaba y el darse cuenta de esto solo empeoro las cosas. Quería olvidarse de los sentimientos, así fue que una noche en que el insomnio lo encontró frente al espejo del baño volvió a vestirse en su armadura. Para no sentir nada y que nada lo afecte, se puso su impenetrable armadura, lo hizo para poder verse a los ojos en el espejo del baño y poder mentirse. Él siente que necesita volverse duro para decir que no la extraña, aunque sabe que no es así, aunque sabe cuanto la necesita, cuanto desea acostarse en su pieza y leerle o escuchar su voz, su risa, besarla y amanecer abrasado a ella.
Volvía caminando y ignoraba a la luna que lo iluminaba, caminaba hasta su departamento pateando una piedrita que a la cuarta patada bajo a la calle, bajo también y siguió pateando hasta que un ciclista lo insulto. Subió a la vereda y pensaba en que si le pegaba con la punta la piedrita no se abría tanto, si hubiese sido una pelota si convenía darle con el costado interno pero a una piedrita no. “Las piedritas se patean con la punta del pie que es la única forma que vayan derecho… si no se abren y uno se queda sin que patear”, dijo en voz alta, mirando al ciclista que se iba y siguió caminando con la mirada en el suelo en busca de más piedritas.
Desde hace algunos días todo lo que quería era no pensar, enojado por no poder controlar sus emociones releía Nietzsche, caminaba solo por las noches y rechazaba las propuestas de salidas que sus amigos le hacían, solo el trabajo y al paddle lo sacaban de su departamento.
Caminando sin querer mirar a la luna recordó los caramelos que tenía en la mochila y se puso a buscarlos, no los encontró y paró en un quiosco a comprar más. Por costumbre quiso llevar una barra de cereal, ya estaba por agarrar la de manzana pero solo compró los caramelos. Luego de que uno de limón estuvo en su boca sus manos volvieron dentro de los puños del buzo y la mirada al piso.

Una vez más buscar canciones y ni una sola estación que pase buena música.
A pesar de lo fresca que estaba la noche viajaba con el vidrio de la ventanilla baja, cuando el semáforo dio verde el único auto que estaba detrás hizo sonar su bocina. Acelero con la radio sin sintonía, sin nada más que un horrible ruido. Manejaba con una sola mano y buscaba en la guantera algún CD, encontró uno suelto y lo puso sin saber que era, convencida de que cualquier cosa sería mejor que la radio mal sintonizada.
Dulces violines invadieron el auto y Laura se sintió liviana, sin peso. Sus manos dibujaban en el aire las figuras que la música le trasmitía y por momentos se le dibujaban sonrisas en su rostro cansado.
Al acercarse al centro de la ciudad veía mas gente en las calles y seguramente había mas ruido, pero ella tenía el concierto para violín Nº 5 de Mozart y en ese momento sentía que no había nada mas que unas cuerdas que sonaban y la dejaban con los ojos casi cerrados, manejando con una mano y con la otra dibujando figuras in entendibles en el aire. Una vez más rojo pero ella ya no estaba en el auto, sino en algún otro lugar. Viajaba fuera de su auto, volvía la tarde y las ganas de avisar a sus amigas y a sus padres que consiguió el trabajo, contarle de lo bien que le fue en la entrevista y de repente tanta calma se vio interrumpida al reaccionar de golpe por otro recuerdo, se sobresalto como si hubiese estado dormida y en el sueño se tropezaba.
Como no se dio cuenta antes, ¿como? si sabía que él volvía a esa hora todos los viernes, casi podía verlo llegar de la cancha comiendo caramelos. Ya estaría volviendo y lo mejor sería no encontrarlo, lo mejor sería apresurarse a guardar el auto y no verlo, ni en la entrada, ni en el pasillo. “Para seguir con mi vida tengo que hacerlo”, dijo y acelero.
Para Laura esa noche lo mejor era acelerar, guardar el auto y subir rápido para no encontrarse con Juan.
“Mejor no verlo” pensaba mientras guardaba el auto en el garaje. Lo mejor era subir rápido, acostarse y seguir con Mozart.

Los últimos metros los camino casi corriendo y al entrar al edificio se sintió aliviado de saber que ya no tendría que escuchar el insoportable tema de moda que venía escuchando en la calle, sonando a todo volumen en cada quiosco y auto detenido. Entro al edificio, de un salto paso los dos escalones y saludo al portero en forma distraída.
Cuando Juan levanto la vista la vio frente al ascensor, ambos se miraron sin verse a los ojos, se saludaron y cuando la puerta se abrió dudaron en entrar.
Hace no mucho tiempo se despertaban juntos, hablaban de lo irónica que era la vida que había hecho que nunca se vieran en el departamento, a pesar de que vivían uno frente del otro, les gustaba pensar que fue el destino que hizo que se encuentren en la plaza.
Juan contó muchas veces que la tarde en que la conoció estaba acostado en su pieza aburrido y de repente sintió unas ganas incontrolables de salir a buscar algo distinto, algo que sabía no podía encontrar encerrado entre sus libros. Era obvio que esa tarde no quería leer, porque para él no hay nada más irritante que sentarse a leer y que lo interrumpan, por lo tanto sentarse a leer en un lugar público era casi una provocación, una incitación a las personas que paseaban por la plaza a que lo molesten. Ella contaba que esa tarde también sintió una rara sensación, también sintió esa necesidad incontrolable de salir a buscar algo que la aleje de su profesión y de los problemas cotidianos, de sus padres con sus controles excesivos que la trataban como si aún fuera una adolescente, recordaba que le llamo mucho la atención la forma en que metía las manos dentro de los puños del buzo y que se sentó a su lado a hacerle preguntas sobre el libro, convencida que no le importaba el libro y que lo único que quería era hablar con ese chico de barba desprolija y ropa arrugada.
Tanto tiempo pasó de aquella tarde y también tantas cosas. Ninguno sabe porque esa tarde salieron a encontrarse, como tampoco ninguno de los dos sabe porque desde que termino su relación, cada vez que se encuentran en el edificio o en el ascensor se sienten incómodos, como dos extraños, mucho menos saben porque algún tiempo atrás empezaron a lastimarse.
Uno al lado del otro en silencio subiendo nueve pisos, solo viéndose por momentos en los espejos de las paredes del ascensor, ella viendo los puños de su buzo que cubren sus manos, él ve sus ojeras que a ella tanto la disgustan y a él le parecen hermosas y ninguno dice nada, ella no va a preguntar “¿como estas?”, porque eso serio volver al lugar del cual hace unos meses salió, él tampoco va decir nada, porque ya tiene puesta su armadura, con la cual se siente invulnerable y es capaz de callarse y guardarse lo que esta sintiendo por ella.
Ninguno va a hacer algo porque ambos piensan que es mejor no hacerlo.
Juan no va a contarle que todavía le duele que todo haya terminado, se va a quedar callado y va a mentirse como lo hace cuando se encuentra frente al espejo del baño, se mira a los ojos y se miente, dice que no la extraña y que todo es cuestión de tiempo.
Laura no le va a devolver el libro negro, se los va a guardar y por unos meses mas va a dormir abrazada a el. No le va a decir la falta que le hace a su vida, la falta de alguien que la aleje del trabajo y de sus padres, para llevarla a un lugar al que solo él la llevaba.
El silencio es interrumpido solo de a ratos por el cable del ascensor que se tensa, esta pasando el quinto y ambos piensan en lo que empezó cuando su relación termino y ninguno de los dos sabía ni sabe porque lo hacían, quizás fue la única forma que tuvieron de soportar lo que había pasado, fue su forma de enfrentar la realidad.
Juan fue el que comenzó todo con la carta y la caja.
Una tarde en que Laura volvía del estudio se encontró frente a su departamento una caja con una carta, la caja contenía todos los regalos que ella le había dado y la carta decía algunas cosas que le dolieron. Luego ella hizo lo mismo, también le devolvió sus regalos y también escribió una carta que a él le dolió. Así empezaron a lastimarse. Las cartas y respuestas se sucedieron junto con las lágrimas, pero cuando se encontraban en los pasillos del edificio no se decían nada, ambos se miraban sin decirse lo que después escribían.
El octavo esta pasando y dentro de unos minutos la puerta del ascensor se va a abrir, van a salir y a decir “chau”, por un momento se darán la espalda y van a meter las llaves en las cerraduras, van a entrar y ambos van pensar que es mejor así, aunque cuando están solos no dejen de pensar en el otro, aunque ella sienta esa necesidad de salir y hablar con alguien que no este interesado en la arquitectura. Aunque él pase tardes insoportables en su pieza encerrado entre sus libros y con ganas de salir nuevamente a la plaza a buscar algo distinto, sabiendo que lo que busca esta del otro lado del pasillo.

Cuando la puerta del ascensor se abrió ambos salieron, se sonrieron y la sonrisa fue un gesto de dolor. Para ella similar a la que siente cuando escucha alguna canción en la radio que le quita y a la vez le da un brillo particular a sus ojos. Para él como el que siente cuando pasa quince o veinte minutos frente al espejo del baño afeitándose y mintiéndose.
En el silencio del pasillo se escucho la puerta del ascensor que se cerró, casi al mismo tiempo dijeron “chau” y se dieron la espalda, ambos metieron las llaves en las cerraduras y entraron como siempre lo hacen, pensando lo que ambos piensan, pero no haciendo lo que ambos sienten.

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