miércoles, 15 de julio de 2009

Ya va a entender.

A mis amigos que todos los sábados
de 15 a 16 la descosen en el “Offside”.

A veces llegan recuerdos de mi niñez.
Recuerdos de sucesos alegres que viví hace tiempo. Llegan cuando estoy sentado en el kiosco al final de la siesta, cuando todavía el barrio no se despierta y no hay mucho trabajo, entonces llegan estos recuerdos.
Estoy sentado en el silencio del barrio, solo acompañado con el ruido del motor de la heladera, mirando que todo este en orden para la tarde cuando llega más gente y mi mente se va, viaja hacía mi infancia.
Creo a muchos en algún momento les sucede, todo se va volviendo monótono, algo aburrida y no me quejo de mi vida, soy feliz con mi mujer y entre el kiosco y las jubilaciones no vivimos mal, sobre todo gracias al kiosco, es que a veces ya no hay nada que hacer y entonces la mente empieza a divagar, a viajar y entre recuerdos veo el pasado, recuerdo cuando era chico, recuerdo los años en los que se gestaban mis recuerdos actuales.
Así fue que viendo el pasado, días atrás, apareció aquel hombre.
No sé porque pero esa tarde no hacía mas que mirarlo. Un hombre de unos sesenta o sesenta y tres años, yo tenía ocho o nueve y pensaba en que para mí eso era un juego, pero ¿qué? para alguien mayor. No me explicaba porque los grandes gritaban y se ponían de esa manera. Había visto a tantos llorar, de tristezas y alegría, saltando por algo que entonces creía no debía afectar a una persona mayor, claro que esta forma de pensar cambio y ahora que lo pienso quizás lo hizo esa tarde en que no deje de mirar a aquel señor.
Si, unos sesenta o sesenta y tres años, los ojos se le iban de un lado al otro y por momentos se quedaban fijos viendo un lugar determinado. Hoy tantos años después no me puedo olvidar su mirada. Estaba ahí a unos metros de donde estaba yo, se paraba y luego de un rato se volvía a sentar, fumaba un cigarrillo tras otro, el ruido era ensordecedor, mucho mas fuerte que el que había escuchado otras tardes y aquél hombre junto con tantos mas contribuía gritando para que el ruido no cese. Todos gritaban y cantaban, alentaban a los jugadores y cada tanto insultaban al 10.
Sesenta o sesenta y tres años, la cara recién afeitada, el abdomen prominente que exigía mas trabajo a los últimos botones de su camisa a cuadros, que salía fuera de unos jeans negros gastados, los ojos le brillaban, quizás por el humo del cigarrillo. Parecía que lloraba.
El partido no era del todo malo y esa tarde nos perdimos un par de goles por culpa de nuestros jugadores, ya que los rivales no eran tan buenos. En un momento me di vuelta enojado porque él 10 no quería largar la pelota y parecía no entender que por mas habilidoso que fuera, en un momento tenía que pasarla, pero no había caso esa tarde no la soltaba y ya la había perdido un par de veces, entonces me enoje y me di vuelta. Fue cuando vi a este hombre ahí parado y no se porque pero me quede viéndolo.
Gesticulaba con los brazos y con la cara, insultaba al aire, levantaba la mirada al cielo, se ponía las manos en la cintura, decía “no” con la cabeza, parecía que se iba sentar, pero no. Seguía parado.
Ahora esa época de mí vida parece tan lejana y la veo tan atrás, tan borrosa, como algo que paso hace tanto que me parece no me pasó a mí, ahora creo que lo que recuerdo es algo que vi en una película o que inventé. Años de mi vida tan lejanos, en los que solo me importaba salir de la escuela, ponerme el pantalón corto, la “astori” con la 10 en la espalda y patear la pelota en el patio de casa. Pateaba contra la pared toda la siesta y cuando venían mis amigos jugábamos en la calle. Tardes en las que se dejaba la vida en la cancha, porque había que ganar cada partido o las cargadas al otro día en la escuela serían insoportables, pero sobre todo era insoportable la noche. Cuando perdía un partido no podía dormir por la noche y tenía que esperar al otro día hasta que quizás la revancha me de una victoria y así, solo así dormir tranquilo. Ahora toda cambio tanto y si hay algo que no me deja dormir son los meses en que cuesta juntar la plata para pagar a los distribuidores o algún otro problema que pueda surgir en el kiosco, aunque todavía me desvelan los partidos de fútbol, pero ahora no los juego yo.
Cuando tenés ocho o nueve años un partido de fútbol es la vida, pero cuando creces toda cambia y si bien un partido de fútbol todavía es la vida, no es toda la vida. Cuando creces cambian muchas cosas, entre ellas los partidos, ahora se los juega desde la tribuna y sentado o parado, grito mucho y comprendo a aquel señor que vi esa tarde en la cancha, entiendo que el fútbol no es solo de los chicos.
Como extraño jugar a la pelota, estar toda la tarde con mis amigos corriendo, gritando, ordenando porque cuando jugaba ordenaba a todos en la cancha, les decía en los lugares en los que tenían que jugar, porque los conocía y sabía donde rendían mas.
Con el correr del tiempo todo fue cambiando, los amigos se mudaron o se casaron, yo me case y el fútbol de todos los días en la calle quedo solo para los sábados a la tarde cuando alquilábamos una canchita, luego desapareció y ahora es un recuerdo, un muy buen recuerdo lejano, tan lejano que a veces creo no me paso a mí y que las imágenes que tengo gravadas en mi cabeza son imágenes inventadas.
Cuando jugaba siempre me gustaba dar el pase al medio para que otro la meta, creo que por eso esa tarde no entendía al 10 que no la largaba.
Me gustaba tanto jugar a la pelota, correr, definir cuando te sale el arquero arqueando el cuerpo para que al darle con el empeine agarre mejor efecto la comba o poner un pase entre los defensores para que tu compañero la meta.
El fútbol es como una religión porque no solo es el juego, no es solo juntarse con amigos y correr tras una pelota, es mucho más, es todo lo que encierra. Las previas corriendo en el lugar para precalentar, las risas en la cancha y los aplausos cuando alguien hace un golazo, hay tantas cosas que pasan en un partido de fútbol que van mas haya del partido.
Los sábados cuando terminábamos de jugar nos quedábamos a tomar unas gaseosas en un kiosquito que estaba a una cuadra de la cancha, hablábamos del partido y de otras cosas, nos reíamos mucho. Fue una época muy feliz en mi vida, que vuelve ahora en recuerdos.
Va llegando la tarde y mi mujer viene a verme al kiosco con mate y bizcochitos, llega y me ve con la mirada perdida, me pregunta que pienso, “nada” digo y me mira como no creyéndome. Así pasamos los días y las tardes con mates, hablando de los nietos y recordando. Fue entre tantos recuerdos que semanas atrás llego este de cuando era chico y estaba en la cancha, cuando tenía ocho o nueve años y no dejaba de enojarme porque él 10 no pasaba una pelota, me di vuelta y vi a ese hombre que estaba parado unos escalones mas arriba, que habrá tenido unos sesenta o sesenta y tres años, que fumaba un cigarrillo tras otro, que cuando saco el último del paquete, se sentó, creo que para disfrutarlo. El paquete hecho una bolita fue al piso. Sentado, arqueado con sus manos colgándole entre las piernas, con los codos apoyados en las rodillas y el cigarrillo entre los labios, sos ojos seguían fijos, su mirada penetrante, parecía que se volvía mas penetrante cuando achinaba los ojos y los estaba achinando, los tenía casi cerrados porque le molestaba el humo del cigarrillo. Enojado por una jugada arrojo el cigarrillo al suelo y se paso la mano por el mentón como queriendo encontrar barba, luego bajo la cabeza.
Fue solo un instante bajo la cabeza y me vio fijo a los ojos.
No se porque me quede congelado, como asustado por lo que podía decirme ese hombre que toda esa tarde desde que lo vi no deje de mirar, que estaba parado ahí unos escalones mas arriba que yo, con sus sesenta o sesenta y tres años encima.
Si, es así, como si toda mi infancia y las tardes de fútbol con mis amigos fueran una película que vi y me quedo gravada en imágenes, es que paso hace tanto y cambiaron tantas cosas, ahora además del fútbol me preocupan las cuentas que pagar y los nietos que no me visitan.
A veces pienso con que rapidez cambio todo, por ejemplo a mis amigos, los veo muy poco, antes los veía todos los días y ahora solo sé lo que la casualidad me permite enterarme cuando me encuentro con alguno de ellos en la calle, aunque no es culpa mía o de ellos, las cosas son así, uno crece y va teniendo otras responsabilidades, la vida cambia y uno cambia. De vez en cuando llamo a alguno o alguno me llama y organizamos un asado, entonces entre vinos, picadas y truco nos ponemos al día, nos reímos siempre de lo mismo, recordamos viejas anécdotas y cuando la noche se esta terminando veo en la mirada de ellos la misma tristeza que siento yo por saber que quizás pase mucho tiempo hasta que volvamos a vernos.
Es así no se puede hacer mucho, las cosas cambien, todos cambiamos, mi forma de ver las cosas cambió, cuando era chico creía que el mundo estaba dividido, que había un mundo de los chicos y uno de los grandes y para mí el fútbol era para los chicos, por eso no entendía a los grandes emocionarse tanto por un partido y ahora estoy seguro, esta forma de ver las cosas cambio esa tarde en la cancha, cuando este hombre de unos sesenta o sesenta y tres años de repente dejo de mirar el partido y me vio a mí que hace rato lo miraba a él. Bajo la mirada, me vio yo me quede congelado, él alzó la cabeza de nuevo y vi que su rostro empezó a cambiar, abrió muy grande los ojos y a la vez que alzaba los brazos abrió la boca. El grito me pareció fuertísimo, me asuste, todos se empujaron, saltaban y gritaban, yo también gritaba el gol que no había visto.
Cuando volvió la calma no pude encontrar a aquel hombre, lo busque con la mirada pero no lo encontré, no lo volví a ver, con la emoción y los saltos todos cambiamos de lugar. Al volver a casa espere el noticiero para poder ver las imágenes del partido. En aquellos años no había canales de deportes y a los partidos solo las podías ver en el noticiero, lo que era muy molesto porque cuando sos chico esos programas te aburren.
Al ver el gol, en mi cabeza tenía el rostro de aquel hombre y todos sus cambias al seguir la jugada que esa tarde nos dio la victoria.
Si, mi forma de ver algunas cosas cambio, ya no veo un mundo de chicos y uno de grandes, veo que hay cosas que están más allá de la edad, sean un juego o no y ahora soy yo el que tiene sesenta y tres años y cuando un chico en la cancha me mira como preguntándose que hace alguien de mi edad gritando por un partido de fútbol me acerco y le digo que ya va a entender, que siga viendo a San Lorenzo de Almagro que va a entender.

2 comentarios:

  1. No pensé que escribirías "San Lorenzo..." y eso que te conozco... Lo cual viene a decir que sos un buen escritor porque el remate o los finales siempre son difíciles y este cierra perfecto. Bien, G. Seguí escribiendo que vas por buen camino y no es fácil decir eso. Un beso, Lud

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  2. Gracias por lo de buen escritor, que me lo diga una escritora que admiro y sobre todo que quiero mucho, es muy lindo. Beso Lud. (Volviste a llamarme G, ya lo extrañaba).

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