martes, 28 de julio de 2009

Otra noche.

Hay una sensación de desaliento y ahogo que nos invade cuando sabemos que algo que queremos no puede ser, sensación que es indescriptible, pero que cuando vemos en alguien que se siente así reconocemos inmediatamente sin que nos tenga que contar que le pasa.
Cuando me acerque vi en sus ojos que esa sensación la había invadido. Miraba un cartel que esta frente al banco en donde una noche nos sentamos, cartel que dice “usted esta aquí” y indica en un mapa la ubicación de esa plazoleta, pero se bien que sus ojos no miraban ese cartel, ella miraba algo más, algo que no estaba ahí y que solo ella veía.
Me costó reconocerla, se había cortado el pelo muy corto, “me costó reconocerte con el pelo tan corto” dije y cuando me miró vi que dejo de ver el recuerdo que había estado mirando y me sonrió. “A veces para poder seguir empezamos cambiando el aspecto”, dijo y recordé que de un tiempo a esta parte me afeitaba casi todas las semanas.
Me senté y me di cuenta que decirle que los recuerdos son eternos, como había pensado en la mañana no era apropiado, algo le pasaba.
El cielo era tan azul como creo solo puede ser el cielo Chaqueño en verano y la luna estaba tan blanca y grande que esa noche podían haberse apagado todas las luces de la ciudad y nada se hubiese oscurecido.
Casi no hablamos, ya sabíamos que lo que buscábamos no lo íbamos a encontrar y de vez en cuando decíamos algo acompañado de risas forzadas.
Parecía iba a ser una noche más como las que compartimos hasta que se puso a llorar. Se dejo caer sobre mí y la abrace, escuche su historia, lo que salía a buscar todos los días y al llegar las noches no encontraba. Me dijo que esa mañana había tomado una decisión, no iba a continuar, iba a dejar lo que la hacía mal, poner un punto y cortar definitivamente el círculo en el que se había metido.
Cuando se calmo volvimos a hablar de cosas que no tenían mucha importancia y a las risas forzadas. Me comento que el cielo le recordó al fondo del océano, contó de un viaje en barco y yo mencione que solo conocía las aguas de los ríos, prometió llevarme alguna vez y el resto de la noche divagamos con viajes que sabíamos no haríamos.
“Somos vampiros que cuando la noche se termina buscan otro lugar para esconderse” dijo poniéndose de pie y vi que en su rostro había una sonrisa verdadera y no forzada.
Al amanecer nos despedimos sin pautar un nuevo encuentro, pero sabiendo que nos vamos a volver a ver.

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